LOS HUÉRFANOS DEL GÉNESIS
Héctor Acevedo: el arte de soñar.
EL MATRIMONIO.
Puede que la última exposición de Héctor Acevedo haya marcado un antes y un después dentro de su obra. En este caso, los formatos grandes y las escenas con varios personajes, se impusieron sobre sus antiguos formatos pequeños y retratos de una o dos mujeres. La narrativa iba más allá de una mirada, sino que se componía como el relato de una escena, e incluso, un cuento. Paralelamente, sus mujeres abandonaron los típicos vestidos escotados, para cambiarlos por trajes de novias. La marca de Héctor seguía allí, pero la evolución era evidente.
- ¿Qué artistas han influido en tu obra?
EL ARTE DE MORIR
"Morir es un arte, como todo. /Yo lo hago excepcionalmente bien. /Tan bien, que parece un infierno. /Tan bien, que parece de veras. /Supongo que cabría hablar de vocación....", escribiría Sylvia Plath, algunos meses antes del 11 febrero de 1963, cuando encontraron su cadáver atrincherado en el horno de su cocina. Luego de dos intentos fallidos, logró consumar su vocación: la del suicidio. Tenía treinta años.
Sylvia Plath, conocida como una de las poetas norteamericanas más representativas del siglo XX, peleó con las afiladas esquinas de su maniaco-depresión desde niña. Sus diarios, escritos a partir de los once años, desnudan el diálogo entre ella y sus demonios internos. “Tienes miedo a quedarte sola con tu propia mente (…).No puedo ignorarla, sé que está aquí, la huelo y la siento”, anotaría después de su primera aproximación al purgatorio, a los 19 años.
Su poesía, íntima y desgarradora, actuó como un último manotazo de ahogado contra la muerte. Incluso con un carnaval de éxitos literarios colgados de su ventana, Plath decidió arrancar el problema de raíz y asfixiarse con gas, luego de dejar dos vasos de leche a lado de la cama donde dormían sus hijos, y escribir una nota destinada a Trevor Thomas, su vecino, con el número de su médico personal. La razón de la última carta, antes que apostar por una posible salvación, era la de prevenir, por si el aire tóxico llegara al cuarto de sus niños.
En los diarios de Plath, podemos descubrir una infancia marcada por la dura convivencia con sus padres. Otto Plath, su progenitor, era un alemán enraizado en las ideas del nazismo, al que Sylvia describiría como “un autócrata… yo le amaba y le despreciaba a la vez, y probablemente deseé muchas veces que estuviera muerto”. El odio hacia su padre se desviste mucho más en el poema ‘Daddy’, escrito para él, luego de varios años de su muerte. La poesía concluye de un modo visceral: “Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada”.
Por otro lado, la figura de su madre sería, para Plath, uno de los leit motiv dentro de su literatura. A lo largo de su vida, la poeta le escribiría una gigantesca colección de cartas que describían sus éxitos, temores y problemas diarios. Después de su separación con Ted Hughes –poeta bastante reconocido en aquellos años-, su madre le propondría que vuelva a vivir con ella. La respuesta de Sylvia fue negativa. Según muchos, el rechazo estaba vinculado a una supuesta influencia de su progenitora en el primer intento de suicidio de la literata. A los 19 años, Plath escribía ansiosa y enloquecida, por la necesidad de conseguir un reconocimiento en el universo de las letras. Su alarmante desgaste físico y mental, entremezclado con sus crisis nerviosas, llevaron a Sylvia a un peligroso laberinto: la joven poeta ingirió una fuerte cantidad de tranquilizantes en el sótano de su casa. Minutos antes, había dejado una nota en la que comunicaba que estaría dando un largo paseo en el parque. Luego de una ardua búsqueda, su madre y algunos vecinos, la encontraron inconsciente entre mares de vómito, en un rincón del depósito subterráneo. Posteriormente, fue internada en hospital McLean, donde siguió una terapia con electroshocks (técnica para tratar problemas psiquiátricos, popularizada en aquella época). Para los allegados de la poeta, fue su madre quien la presionó para que escribiera a ese ritmo demencial.
Aún así, psicólogos como Helen McCormack, han estudiado muy de cerca el suicidio de Sylvia Plath. Muchos se han inclinado a la posible influencia de los últimos acontecimientos de su vida: antes de mudarse a un departamento inglés con sus hijos, Silvya encontró in fragante a Hughes con Assia Wevill. Los celos enfermizos de Plath no soportaron la infidelidad de su esposo y abandonó la casa de campo que compartía con él. Asimismo, el invierno londinense del 62-63 fue uno de los más devastadores en los últimos cien años, sus niños padecían fuertes gripes y Path respiraba con dificultad a causa de su eterna sinusitis. Aunque este periodo actuó un relámpago creativo en su producción literaria, el peso de su inspiración era demasiado hondo. En sus versos, se puede percibir un ritmo rápido, nervioso y atormentado. “La mujer alcanzó la perfección./ Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de la realización,/ la apariencia de una necesidad griega/ fluye por los pergaminos de su toga,/ sus pies desnudos parecen decir,/ hasta aquí hemos llegado, se acabó”.
El suicidio es un fantasma constante en la historia de la literatura universal. En muchos de los casos, los trastornos bipolares o maniaco-depresivos han sido el detonante para este tipo de medidas apocalípticas. Según psiquiatras como el norteamericano Key Redfield Jamison (que, coincidentemente, padece esta enfermedad), un maniaco-depresivo llega a asociar cadenas de pensamientos de manera fugaz e intermitente, consiguiendo una increíble capacidad creativa. Este periodo comprende la fase ‘maniaca’, mientras que la ‘depresiva’ es la inmersión del individuo en una desoladora marea que lo desarticula por completo. Pese a esto, aún no se ha confirmado una estrecha relación entre los deseos suicidas y la producción artística.
Nueve años después de la muerte de Sylvia Plath, en un departamento de Buenos Aires, una de las escritoras ícono de la poesía femenina en Latinoamérica, ingirió cincuenta pastillas de Senocal sódico. Alejandra Pizarnik tenía treinta y seis años cuando escribió en un pizarrón “No quiero nada más que hasta el fondo”. La nota fue hallada a lado de su cadáver, en un cuarto repleto de muñecas rotas, hileras de libros, alfombras de papeles con poemas, y lápices de colores.
En los últimos meses de su vida, Alejandra se recluyó en su departamento y cortó su cordón con el universo. Muchos de los poemas que escribió en este lapso, son versos rápidos e incoherentes, que llegan a rozar con la locura. Había intentado asesinarse con un coctel de barbitúricos pero, fue encontrada inconsciente e, inmediatamente, hospitalizada. Luego, sería internada otras cinco veces en el Hospital Psiquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En la última hospitalización, la poeta pide permiso para pasar el fin de semana en su piso. El pedido es aceptado y el veinticinco de setiembre de 1972, dos días después, la escritora es encontrada muerta en su cuarto.
Sus diarios fueron recortados arbitrariamente por su familia, en el intento de esconder la homosexualidad de Alejandra. Otros escritos, también fueron editados por la misma poeta. Empero, dejó varias notas en las que desviste su deseo escapista por la muerte. Un año antes de su suicidio, escribe: “abandono de todo mi plan literario… Las palabras son más terribles de lo que sospechada. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.
Desde hacía un tiempo, Pizarnik había perdido su fe incondicional por las letras. Aun con su disciplinado estudio del lenguaje y su maniática tendencia a escarbar entre las palabras exactas, Alejandra -cargada de frustración- concibe una irremediable decepción por la poesía: “dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”.
La depresión de la autora de “la extracción de la piedra de la locura”, aparece desde la adolescencia, cuando su odio a los espejos y su endemoniada ansiedad, le crean una adicción a las anfetaminas. Alejandra toma este tipo de fármacos para pelear con su sobrepeso y sostener sus noches de insomnio durante sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su simbiótica relación con los cigarrillos también se consolida en este periodo.
A lo largo de su vida, Alejandra peleará contra su baja autoestima en el plano de la literatura. Su increíble genio para la poesía y la prosa, la convierten en una de las nuevas exponentes de la escritura femenina del siglo XX. Su ego y su amor propio conviven en una guerra irremediable.
Amiga de Cortázar y Octavio Paz, Pizarnik viaja dos veces a Paris. En la primera, escribe “Los Trabajos y las Noches” y “La extracción de la piedra de la locura”, aunque los publica en su retorno a Buenos Aires. También, trabaja editando distintas publicaciones y aportando, a modo de freelance, en Sur de Argentina. Su estadía en Francia, guarda un estrecho (y repetitivo) parecido con la de Vallejo o Márquez: enraizada en su literatura, con los bolsillos y el estómago vacío, entre las cuatro paredes de un cuarto de mala muerte. Aún así, Alejandra describirá sus días parisinos como una de las mejores épocas de su carrera. “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, –y– lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.
Su segunda visita a Francia es un fracaso. Alejandra nota un cambio en la cultura parisina y un quiebre en “su antiguo encanto literario”. Se encuentra con un Cortázar mucho más político que escritor y, consecuentemente, programa su regreso a Argentina. Allí, conseguirá un corto periodo de estabilidad, hasta volver a caer en sus mortales sueños fuga. En su último poemario, “el infierno musical”, sus demonios suicidas se escurren con demasiada claridad. “El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio (…)”.
La soledad es otro de los fantasmas que persiguen a Alejandra durante sus mutilados treinta y seis años. Su poca estima y ritmo desmesurado en la poesía, convirtieron a Pizarnik en una mujer independiente y ajena a relaciones duraderas. Aunque su espíritu solitario pudo ser el motor de su genialidad literaria, también podría ser el hueco de su propia tumba. “Yo no sé de pájaros,/ no conozco la historia del fuego./Pero creo que mi soledad debería tener alas.”
La particularidad del suicidio no se sostiene en sus formas sino, en sus motivos. Aunque la depresión es el impulso más común en este tipo de decisiones, también existen otros móviles salpicados por una escalofriante extravagancia. Andrés Caicedo, escritor Colombiano de los años sesenta, se atiborró con 60 pastillas de Senocal, luego de recibir el primer original de su última novela, “¡Qué viva la música!”. Su réquiem estaba escrito por él mismo, años antes, cuando declaró que “vivir más de veinticinco años era una insensatez”, exclusivamente si ya se ha dejado un sello personal en la historia. El cuatro de marzo de 1977 encontraron su cuerpo inerte a lado de su máquina de escribir. Tenía veinticinco años y una trascendencia asegurada.
Caicedo fue una promesa desde pequeño. A los trece años ya escribía prosa y poesía, y a los quince, consiguió un premio internacional a raíz de un cuento que mandó a la revista ‘Imagen’ de Caracas. Su obsesión por la escritura, se convirtió en una disciplina casi esclavista que lo obligaba a pasar cinco horas diarias frente a un ejército de páginas en blanco. Conocido –gracias al periodista chileno Alberto Fuguet- como ‘el asesino de Macondo’, Andrés Caicedo clavó un quiebre en la literatura colombiana y el, bastante manoseado, realismo mágico. “Mientras García Márquez, el mismo año, se maravillaba con las mariposas amarillas, Caicedo se obsesionaba con Travis Bickle y Taxi Driver”, escribe Fuguet, acerca del autor.
Además de las letras, Caicedo fue un cinéfilo en potencia. Incluso dentro de su narrativa, la perspectiva cinematográfica aparece claramente entre líneas. En 1973, Andrés viaja a Estados Unidos con cuatro guiones suyos bajo el brazo. Su finalidad era entregárselos al cineasta Roger Corman y rodar las películas, sin embargo los guiones nunca se cruzaron con los ojos del director. “Es un medio muy difícil y enmarañado, y la parte que está metida en Hollywood no se anima a colaborar por miedo a la competencia”, anota Caicedo en una carta a su madre.
El teatro también formó parte del estandarte de pasiones de Andrés Caicedo. A los veinte años, el autor ya había escrito varias obras teatrales, además, participó como actor y asistente de dirección, en repetidas ocasiones.
La vocación de todista de Caicedo, provocó una serie de trabas en su carrera literaria. “La pluralidad de quehaceres ha sido uno de los motivos para que yo no desarrollara ninguno a cabalidad”, confiesa Andrés en su libro autobiográfico, ‘mi cuerpo es una celda’.
Pese a eso, el estilo fresco, directo y dinámico de la literatura de Caicedo, consiguió voltear la mirada de varios críticos y lectores latinoamericanos. De este modo, y con su obra maestra entre manos, Caicedo decidió no cometer ‘la insensatez’ de vivir más de veinticinco años.
La palabra suicidio viene del latín ‘sui caedere’, es decir, ‘matar a uno mismo’. Mientras que para muchas religiones, es uno de los pecados más graves e imperdonables, también existen culturas que lo consideran como un escape honorable frente a situaciones humillantes o dolorosas. Ese podría ser el caso del escritor polaco Jerzy Kossinski.
Tres de mayo de 1991. Jerzy Kossinski, el autor de ‘el pájaro pintado’ y ‘desde el jardín’, se prepara un vaso de ron con coca-cola, mientras espera que el agua de su bañera llegue al nivel deseado. Konssinski acompaña un par de tragos de su bebida, con varias pastillas de barbitúricos. Acto seguido, entra a su jacuzzi y se anuda una bolsa plástica en la cabeza. A su lado, ha dejado una nota: ‘Voy a dormir ahora un rato más largo de lo usual. Llamemos a ese rato Eternidad”.
Las especulaciones acerca de su suicidio aparecen casi de inmediato. Algunos sostienen el detonante de su decisión fueron las acusaciones de plagio de las que fue víctima, otros creen que se trata de la desolación frente a su reciente diagnóstico de graves problemas cardíacos, y un último grupo explica lo sucedido en base a su incapacidad de no poder escribir más. La muerte de Konssinski se convierte en una comidilla mediática.
Luego de ser exiliado de Polonia, Jerzy se instaló por completo en Estados Unidos. Las críticas contra su novela ‘El pájaro pintado’ retumbaban en medios impresos de Europa y Norteamérica. Los polacos –incluso aquello que nunca leyeron su libro- estaban enfurecidos por la imagen de Polonia descrita en el libro de Kossinski. El escritor, en su defensa, alegaba que su obra no seguía un carácter autobiográfico y que las imágenes perseguían un fin metafórico antes que, literario. Incluso, George Reavy, poeta y traductor neoyorquino, se declaró como el verdadero autor de ‘El pájaro pintado’. Por suerte para Kossinski, dicha ‘confesión’ no consiguió credibilidad en la prensa norteamericana aunque, las denuncias de plagio aparecieron como una cadena infinita hasta sus últimos años de vida.
Las razones del suicidio de Kossinski, son iguales de inexactas que las sostenidas alrededor de las muertes de Plath, Pizarnik, o incluso, Caicedo. Si la creatividad humana es capaz de acercar a un individuo, a un paso más del auto-aniquilamiento, es una asignatura pendiente para los psiquiatras e investigadores especializados. Empero, no puede negarse que el recorrido de la literatura universal está salpicado de muertes auto-conducidas o accidentes bastante sospechosos. ¿Es probable que la poesía, antes que canalizar las emociones del autor, las agrave mucho más?.
LA ESPAÑA DE SUDAMÉRICA
Desde hace más de dos siglos, Sudamérica fue el escenario de miles de batallas para conseguir la independencia de cada uno de los países del continente. En Brasil se rebelaron contra Portugal, en argentina, Chile, Bolivia, Colombia y Perú, la pelea fue contra España y décadas después, las Guayanas lograron librarse de Francia. No importa cuáles fueron los verdaderos intereses de los libertadores, tampoco quiénes los financiaron: nuestro continente rugía como una bestia que echaba a sus depredadores de su territorio. Era el comienzo de una nueva era, de decenas de jóvenes repúblicas que a partir de ese momento, debían sobrevivir en medio de la ruina y las deudas que les dejaron – a modo de herencia o de castigo- sus colonos. Todas las ciudades se levantaban orgullosas y miraban de reojo a sus antiguos esclavistas. Todas, menos una.
A orillas del pacífico y ligeramente al norte del continente, una ciudad enfureció para siempre. Aunque su independencia fue celebrada en plena plaza de armas, y sus grandes criollos seguían jactándose de la nobleza de sus apellidos y disfrutando de los privilegios ganados en el virreinato; la incertidumbre y el miedo comenzaba a escurrirse bajo las almohadas de sus señores feudales: España no demoraría en abandonarlos por completo.
Y tenían razón. Un siglo y algunas décadas después, Trujillo se partió en dos. Los nostálgicos españolizados se aferraron y se apolillaron en el centro de la ciudad, mientras que en la periferia, los cholos, mestizos, zambos, serranos, negros y chinos conquistaron el desierto y construyeron su futuro sobre una nueva religión: el sueño norteamericano. Los del centro tenían el apellido y los bolsillos vacíos, los de afuera eran huérfanos amnésicos que poco a poco, se convertirían en la masa pujante y emergente del país. Para ellos, España era solo un mito, un borrón en el pasado, incluso una piedra en el zapato.
Pero, los hijos de Pizarro y Almagro no se quedaron de brazos cruzados: si Europa los había abandonado, ellos la fabricarían a sus gustos y conveniencias. El resultado fue escalofriante: una gama de fiestas y costumbres descontextualizadas comenzaron a invadir el calendario de la ciudad. Las bisnietas del virreinato se disfrazaban de majas españolas, mientras que algunos trujillanos cualquiera se batían en duelo con vaquillas escuálidas que hacían el rol de toros embravecidos. Por otro lado, las desenfadas y provocativas danzas de los negros y mestizos, fueron relegadas por el discreto coqueteo de la marinera norteña. Además, se excusó la ausencia de estaciones climáticas en la ciudad, argumentando de un modo casi esquizofrénico que Trujillo era en único lugar en el mundo donde la primavera era eterna. Era el inicio del segundo virreinato de la ciudad.
LA MURALLA IMAGINARIA.
A fines del siglo XVII, el ingeniero italiano Joshep Formento entregó y firmó el plano de una gigantesca muralla que rodearía a la ciudad y la protegería del ataque de los corsarios y piratas. El documento fue recibido por el cabildo de Trujillo y posteriormente, remitido al excelentísimo duque de la Palata, principe de Massa y marqués de Tolva. Meses después, la carta sería devuelta con la aceptación de las autoridades españolas correspondientes.
Consecuentemente, el cabildo acordó que el financiamiento de la construcción correría a cuenta de los bolsillos de los grandes personajes y hacendados de la ciudad. Mientras que la mano de obra sería una obligación de los indios robustos de Moche, Mansiche, Cao y Huanchaco. Por cada ochenta y cinco adobes, se les pagaría tres reales.
Era 19 de febrero de 1687 y una decena de indios se reunían en la periferia de la ciudad para empezar con la jornada de trabajo. Rodeados de adobes y bajo la supervisión de los alcaldes Bartolomé Martínez de Jarabeitia y Fernando Ramírez de Orellana, y el ingeniero Formento, trabajarían días enteros cargando y superponiendo gigantescos bloques de adobe, para luego pintarrajearlos y pulirnos según el diseño. Algunos se encargarían de los levantar los muros, mientras que otros edificarían las bases y las columnas para las quince torres que vigilarían la ciudad. Por otro lado, un último grupo se ocuparía únicamente de talar, pulir y colocar los cinco portones que abrirían el paso a nobles forasteros y lugareños, y se cerrarían en las narices de sus propios constructores.
Luego de más de dos años, el proyecto fue inaugurado entre ovaciones, vitoreos y detalles sin concluir. Mientras que las murallas recorrían como serpientes la distancia entre cada torre, los frentes de defensa permanecían relegados a una función puramente estética. Los fosos y terraplenes jamás fueron construidos. Al mismo tiempo que la arquitectura barroca y rococó envolvía como un cordón gigantesco a la ciudad y vigilaba con desprecio a los pueblos vecinos. No importaba si Trujillo seguía desprotegido frente a un posible asalto de piratas. Ahora podía defenderse de la invasión mestiza, zamba, negra y mulata. Era el comienzo del exilio.
- ¿Crees que la Gran Muralla todavía sigue existiendo de un modo imaginario? - Pregunto.
- Es que todavía encierra lo “tradicional” en Trujillo. Ese muerto que se esfuerza por resucitar, pero que ha perdido cualquier importancia. Ahora es solo un guiño. – Me responde Ricardo Pinedo, mientras salimos de la calle San Martín y cruzamos la avenida España. En el mapa actual de la ciudad, esta avenida se configura como un cordón invisible ubicado en el mismo lugar donde hace más de trescientos años, se construyó la Gran Muralla. Ahora, a un poco más de un siglo de la destrucción de la gigantesca fortaleza, España sigue protegiendo a sus tataranietos y sus casonas.
Más adelante, luego de cruzar la avenida, una escuálida callecita comienza a abrirse casi a oscuras, hasta conectarse con la avenida Juan Pablo II. Es la calle Torre Tagle, bautizada así en honor al hombre que proclamó la independencia de Trujillo. Todo parece indicar que los huérfanos de España castigaron al libertador por su atrevimiento, y lo expulsaron fuera del cadáver de la antigua muralla y consecuentemente, del centro histórico de la ciudad.
Entre tanto, en el interior de la agónica fortaleza, los apellidos Pizarro y Almagro se han convertido en las calles principales del centro histórico. Trujillo ha idolatrado a los genocidas que asesinaron el pasado pre histórico del incanato y esclavizaron a los verdaderos dueños del país. Los mismos que aparecen como incómodos antepasados en el árbol genealógico de ese Trujillo criollo que aún ahora, se atrinchera dentro de sus casonas y de su nostalgia por esa Europa que lo abandonó sin piedad.
Paralelamente, a afueras de los antiguos portales, el nuevo enemigo de los trujillanos españolizados ha instalado sus propias fortalezas de cemento, eternit, plástico o triplay. No se trata de una banda de piratas, tampoco de los indios o campesinos de Mansiche, Moche y Cao. Por el contrario, la nueva amenaza es capaz de mover más dinero que el oxidado aristócrata y de levantar negocios del mismísimo polvo. Este es el descendiente directo del peruano ignorado que migró a la costa soñando con un mejor plato de lentejas. He aquí, el comerciante emergente que ha dominado las orillas de la avenida España con sus colosales mercados mayoristas y sus emporios comerciales plagados de colores chillantes y vendedores ambulantes.
Quizá ellos no conozcan de pasados, mucho menos de la existencia de un Pizarro, un Almagro o incluso, un Colón. Pero es justo esta masa de ciudadanos la que en los últimos veinte años, ha comenzado a mover cerca del 95% de la micro-economía del Perú, y ha patentado el nuevo motor del aparato empresarial de nuestro país: la micro empresa.
Mientras tanto y a modo de consuelo, los apolillados herederos de España encuentran refugio en el carnavalesco abanico de fiestas, desfiles y ceremonias creadas por y para ellos, a partir de una extraña simbiosis entre algunas costumbres españolas y el ingenio local.
LA ESPAÑA ALEGÓRICA.
En el mes de marzo, un pedazo de España cae estrepitosamente sobre el balneario preferido de la aristocracia trujillana. El fenómeno se escurre en cada rincón del pueblo. De pronto, las casas se salpican de rojo y en las veredas, ancianas, adultas, adolescentes y niñas se convierten en majas españolas que blanden sensualmente sus abanicos, al mismo tiempo que disparan un arsenal de sonrisas pícaras y disforzadas contra sus galanes. Ellos, vestidos de jeans, bermudas o shorts, polos blancos y un característico pañuelo rojo rodeándoles el cuello, beben cervezas a barriles y juran batirse en duelo con los embravecidos toros que serán soltados a cortesía de alguna empresa de embutidos. Por un momento, pareciera que el Perú contemporáneo ha sido trastocado por un nuevo mestizaje entre trujillanos de clase media - alta y españoles de comienzos del siglo pasado.
Luego del galanteo y las bebidas a cuenta de la casa, una decena de gritos de alarma se estrellan contra los tímpanos de los asistentes: ¡La Pamplonada!, ¡Comenzó la Pamplonada! Súbitamente, una veintena de vaquillas escuálidas y veteranas corren aterradas por la pista del balneario, mientras los nobles caballeros huyen sobre las graderías, los muros o los balcones de las casonas. Ha comenzado el reto entre el hombre y la bestia. El espectáculo principal de la Feria de San José.
El desenlace de tan temible duelo se desarrollará en la arena del coliseo. Allí, una decena de adolescentes de cada playa aldeana pretenderá esquivar con una capa roja de toreo, a la vaquilla de turno. Después de marear al flacuchento cuadrúpedo, un torero criollo aprovechará el pánico para cobrar la estocada final. Simultáneamente, la tribuna entera se levantará y coreará sedienta de sangre, una ovación al valiente tauromaníaco. El siguiente paso será mutilar una oreja del animal y con eso, consagrar a los asistentes como los verdaderos herederos de una España tan desfigurada como descontextualizada.
El fin de García
Cada fin de gestión está plagada de manotazos de ahogado y esta no es la excepción. Sucedió en los noventas, con un Fujimori convertido en héroe circense y caradura que perseguía a Vladimiro Montesinos desde mototaxis, combis y camionetas cuatro por cuatro, por el norte del país. Y ocurre ahora, con un estallido de inauguraciones de obras a diestra y a siniestra que pretenden aumentar el porcentaje de aceptación de nuestro actual presidente. No importa si esas apresuradas celebraciones le costarán millones al Perú, tampoco, si la deuda interna ha engordado olímpicamente en los últimos meses. Lo único que parece interesarle a Alan García es su regreso al sillón de Pizarro en el 2016. Es decir, limpiar en dos semanas, lo que se embarró durante cinco años.
De este modo, mientras la alcaldesa de Villa María del Triunfo, Silvia Barrera, amenaza con clausurar el Tren eléctrico por no cumplir con las medidas de seguridad requeridas para este tipo de transporte, el señor García se esfuerza por mostrar su mejor sonrisa, calificar a sus opositores como ‘anticristos’, y buscar salvación en datos macroeconómicos que nunca llegaron a los bolsillos de ese Perú pujante que fue arbitrariamente olvidado por esta agonizante gestión. Todo esto, en medio de un cargamontón de transgénicos ingresando por la puerta grande a nuestro país.
Entre tanto, una encuesta medida por la PUCP señala que el nivel de rechazo al gobierno de Alan García es el 62%, y las probabilidades de que esos resultados se reviertan parecen ser una de un millón. Quizá García debió darle un repaso a la historia y comprender que una avalancha de obras semi terminadas no es la estrategia correcta para ganarse una visa a la reelección. No le funcionó a Toledo ni a Castañeda, y no sucederá lo contrario con su mandato. Mucho menos, si en su repertorio ha demostrado su escaza lucidez, ingenio y humanidad para prevenir, manejar y solucionar conflictos sociales como los ocurridos en Bagua, en Islay y en Puno. ¿O acaso, llamar ‘ciudadanos de quinta categoría’ a aguarunas y aymaras, es sinónimo de calidad política? ¿Y qué hay de la imperdonable muerte de más de 300 peruanos que se enfrentaron entre sí, bajo órdenes de su ministerio del interior?
Paralelamente, el Apra y Fuerza 2011 siguen susurrando la probabilidad de un indulto por razones humanitarias, a uno de los genocidas más grandes de la historia nacional. Una vez más, la Corte Internacional de los Derechos Humanos es escondida bajo la alfombra y las alianzas políticas vuelven a protagonizar otro vergonzoso episodio nacional. Toledo, en un rayo de brillantez, no pudo decirlo mejor: Si Alan García, indulta a Fujimori, se convertiría en un cadáver político. Empero, parece que a nuestro presidente no le quedó muy claro.
Es así como, dado que la candidata preferida de García no será su predecesora, el burgomaestre ha decidido dejar las cifras en rojo para el próximo presidente. Además de una gigantesca deuda a los fonavistas y pensionistas, Ollanta Humala deberá enfrentarse con un reducido presupuesto en saneamiento que ya fue liquidado por García en los últimos días: más de mil millones de soles han sido transferidos a los gobiernos regionales y locales, incluso cuando una medida de esa característica suele realizarse en el mes de setiembre o octubre. Por otro lado, el vitoreado tren eléctrico se quedará sin energía en diciembre, y solo contará con tres trenes para toda Lima hasta el 2013.
En este contexto, es probable que ni siquiera Dos Santos, se atreva a vaticinar una posible vuelta de Alan García al sillón de Pizarro. Por ahora solo queda desear que el próximo presidente no cometa los mismos errores que le han regalado a García una posible jubilación política.
El circo de las repeticiones.
Pero, esto no es una película de Hollywood con un empalagoso happy end. Este es el mundo real y acá, queramos o no, las reglas de juego son distintas. Acá nunca salimos del hoyo.
Es así como, las clases media y alta se vacunan contra el remordimiento, olvidan de los 15 000 peruanos que fueron torturados y/o asesinados en la década de los noventas, y arman comitivas muy al estilo de la China Tudela, para regalar saquitos de arroz y alimentos no perecibles, además de uno que otro polito y un billetito de diez soles, a los más pobres. A esos huérfanos de dioses que tuvieron la mala suerte de nacer en un arenal y desmintieron el mito del niño que nace con el pan bajo el brazo. Esa inmensa mayoría que a pesar de lucir barrigas vacías, tienen el poder: ellos son la masa de votantes más grande del Perú. Con ustedes, la santísima caridad de nuestra oxidada y eterna aristocracia.
Por supuesto, un cargamento olímpico de víveres no es suficiente para manejar el rebaño electoral. Todavía hacen falta más estímulos para inmiscuirse en sus subconscientes, y agregar, suprimir, y modificar todo tipo de recuerdos, juicios y convicciones. Afortunadamente, la prensa también baila al compás de la obesidad de los bolsillos y con un poco de ingenio y palabreo, nuestra queridísima oligarquía puede manejar sus lineamientos políticos, recordarles quién manda aquí y convertirlos en magníficos compositores y directores de orquestas de psicosociales varios.
Entonces, Mónica Delta se declarará la gran inquisidora de los Humala, y escupirá preguntas, pruebas descontextualizadas y malinterpretaciones varias, plagadas de una acidez tan naranja como sobre actuada. Paralelamente, se olvidará de las lágrimas que desfiló frente a cámaras, luego de que se descubriera a Shultz describiéndola como un obediente títere dispuesto a mejorar la fama de Fujimori, en una de sus tantas conversaciones con Montesinos. Todas ellas, registradas en esa suerte de película de serie b tipo policiaco, llamadas con poca creatividad: Vladivideos.
También nos encontraremos frente a un justiciero Lúcar que esconde bajo la alfombra su actuación en la revista Dominical: el único medio que sospechosa y casualmente, se daba de bruces con las mejores primicias de política, entrevistas exclusivas con Montesinos y Fujimori, e imágenes inéditas del SIN. Todo esto, además de cortarse la lengua para no tocar temas incómodos y vanagloriar los supuestos logros del gobierno fujimorista. ¿Y cómo olvidar a la señora Rosa María Palacios? La exitosa periodista que trabajó para el canal de Montesinos y aceptó gustosa la abnegada tarea de redactar el plan de gobierno del señor Urtado Miller.
Si a esto le agregamos una dosis de Bayly y su enardecida obsesión con Humala, y dos cucharas de Aldo Mariátegui y su sorprendente habilidad para relacionar al candidato de Gana Perú con el Mrta, Chávez, Osama Bin Laden, el anticristo, Sendero Luminoso y el terremoto en Japón, tendremos una perfecta pócima capaz de propagar una pandemia de alzheimer sobre los pueblos jóvenes, las zonas rurales y -¿por qué no?- las universidades.
De este modo, la historia volverá al inicio una vez más, y los peruanos seguiremos aferrados a la resignación y la tolerancia a ciegas. Los grupos colinas y los robos a arcas nacionales y donaciones extranjeras, regresarán para quedarse y los derechos humanos serán mutilados bajo la fachada del estado de emergencia. El pasado volverá con vestido de presente y nosotros, persistiremos en el intento de hallar respuesta a una de las interrogantes más complejas de nuestra realidad nacional jamás esclarecida: ¿en qué momento se jodió el Perú?
El hipódromo electoral.
Es decir, al mismo tiempo que en los noticieros televisivos y en las páginas de los diarios más influyentes del país, se catapulta al Perú a un destino incierto donde los productos escasearán, la libertad de prensa será asesinada (¿más que ahora?), la inversión extranjera huirá como un ratón asustado, la constitución –la misma que fue creada en medio de un golpe de estado- será cambiada a favor de un demonio chavista; en las encuestas se sigue secundando el pánico: la amenaza lleva la delantera. ¡Actuemos rápido!, saquemos del aire a los periodistas como Raúl Tola y Patricia Montero, mandemos a uno de nuestros reporteros a grabar una nota sobre la escasez y la delincuencia en Venezuela, y contratemos a un periodista polémico dispuesto a bombardear al enemigo, en un programa dominguero improvisado. Todo sea, en nombre de la democracia.
Por supuesto, la caza de fantasmas no es el único detonador eficaz para empujar a un elector a marcar el logotipo deseado: también está la carrera de caballos. En este segundo escenario, nuestros electores encarnan la piel de hábiles apostadores que analizan religiosamente el resultado de las encuestas, esperan ansiosos que se abra una brecha entre los dos candidatos, y finalmente, juegan su voto a ganador. A diferencia del futbol, en la política, el puntero es capaz de cambiarle la camiseta a cualquiera y conseguir un voto más.
Consecuentemente, las principales encuestadoras del país siguen desfilando caricaturescos resultados que varían de manera escandalosa, entre unos y otros: Imasen: Humala 42% - Keiko 37,8%, Apoyo: Humala 42% - Keiko 36%, CPI: Humala 40, 6% - Keiko 36, 8%, Datum: Humala 41, 5% - Keiko 40, 3%, Indice: Humala 49.7% - Keiko 50.3%. ¿Será que los señores de índice y Datum se equivocaron de país, o es que acaso están optando por la estrategia del hipódromo? Finalmente, con Bayly vendido a Fujimori y al clan Romero, ya hay bastante terror para rato.
Aunque los movimientos en esta guerra ya están cantados, solo queda una pregunta por responder: ¿Qué postura tomaremos los peruanos en medio de esta orquesta del miedo? ¿Temblaremos presos del pánico y luego, apostaremos al inexacto y fabricado líder de las encuestas?, ¿o acaso, seremos lo suficientemente críticos como para patear el tablero, escarbar en los fracasos históricos de los gobiernos pasados, y elegir –vendándonos los ojos y tapándonos los oídos- al candidato que más se adapte a nuestros intereses y los de nuestros compatriotas? El 5 de junio sabremos la respuesta.
Apocalipse Now
Y el circo continúa. En la primera esquina del cuadrilátero tenemos a Ollanta Humala prendiendo la pipa de la paz con Perú Posible, y en la segunda, a Keiko Fujimori adulando las obras realizadas por Castañeda durante su periodo en la alcaldía de Lima, pero negando la existencia de un acuerdo entre ambas partes: solo “han coincidido y conversado sobre algunos programas”. Paralelamente, Kuczynski reitera que aún no está en posición de firmar un consenso con uno de los dos candidatos, pero no titubea en seguir apedreando a Humala. Todo esto, en nombre de la democracia y el bien del país.
Pero ¿Desde cuándo el estado democrático es sinónimo de una dictadura de once años? Quizá la respuesta la tengan los analistas de la bolsa y los inversionistas extranjeros que luego de los resultados, decidieron tomarse de las manos y lanzar un grito al cielo en unísono. Los pronósticos, salpicados por una aberrante parcialidad, apuntan a una escandalosa fuga del capital extranjero por los impuestos de sobre ganancia que cobraría Ollanta Humala. Y no solo eso: el Perú se convertiría en una suerte de tierra de nadie, donde Chavez, Morales y Humala harían de las suyas. De este modo, los Nostradamus de la Bolsa apelan al sentido común de sus compatriotas y se resignan con un: “lamentablemente ahora solo dependemos de las consciencias del pueblo peruano”. Al parecer, el infierno de Dante queda corto frente a la posible victoria de Ollanta.
¿O será que estas premoniciones lejos de velar por el destino de nuestro país, no son más que un indignante chantaje?, ¿Acaso la amnesia colectiva –síndrome típico en los peruanos de treinta años a más- ha terminado por borrar las secuelas que nos dejó la dictadura fujimorista, y ahora identificamos en Keiko los rasgos propios de una candidata democrática, honesta y confiable? Finalmente, bastaron solo diez años para olvidar los asesinatos extrajudiciales, la corrupción, y los acuerdos bajo la mesa con los medios de comunicación.
Consecuentemente, ahora es Humala quien amenaza la libertad de prensa. No importa si él es el único candidato que prometió reabrir los periódicos y radios que fueron cerrados en Bagua por parte de García, luego del genocidio ocurrido en la zona. Tampoco vale la pena aceptar que las propuestas de Ollanta se asemejan a las políticas de Lula y no, a las de Chavez. Mucho menos podemos categorizar como relevantes las persecuciones, extorsiones, torturas y homicidios contra periodistas, durante la mafia fujimontesisnista.
NO APTO PARA NOSTÁLGICOS
.Cada museo es un santuario de la historia, la genialidad y los fracasos del hombre. Desde sus salas, las piezas de exhibición configuran voces y retazos de contextos que juegan el rol de una guía para sus visitantes. En ellas, costumbres o testimonios de una civilización pre histórica, relámpagos de trazos, colores y formatos de genios del arte, o los jugueteos de un niño del siglo pasado, parecen cobrar vida para armar un discurso exquisito sobre sus tiempos y sus espacios.
Este el universo de los museos, un mundo en el que la historia se estrella contra sí misma, y nos revela una mirada interna y crítica de sus contextos. Una fortaleza donde tanto esculturas, textiles y momias moches, como lienzos y esculturas de los mejores artistas del siglo pasado, nos hablan a través de la cerámica, la piedra o el óleo. Un reino fabricado para redescubrir nuestro pasado e incluso, volver hasta nuestra infancia con solo una mirada. A continuación, un viaje por los museos más representativos de nuestra provincia.
MUSEO DEL JUGUETE.
- ¿Y esas muñecas negras?
- Son alemanas. Se fabricaron en los cuarentas. – Me responde Rocío, la encargada del Museo de Juguete de Trujillo.
- ¿Alemanas? Pero… tienen la tez oscura.
- Sí, eran exportadas a Latinoamérica para financiar parte de la guerra.
Los juguetes son un testimonio de la historia. Desde las muñecas de trapo precolombinas, hasta la actualidad, cada juego configura la voz de una época. No importa si se trata de un video juego de los noventas o de un barquito de hojalata, cada juguete fabricado se convierte simultáneamente en un historiador o un testigo de su propio contexto.
- ¿Notas la diferencia entre estos soldaditos y los otros? – Me pregunta Rocío, señalando unos soldaditos de plomo vestidos con uniformes mostazas litografiados y armados con un fusil. Su estatura supera la del resto del ejército.
- Son más grandes… De hecho, sus rasgos son más toscos… - Le respondo.
- Son huecos. Así se les llama “soldaditos huecos” - Cuenta Rocío, mientras observa casi decepcionada a los soldados mostazas. – No tienen plomo en su interior. Son solo cáscara. Los produjeron así para ahorrar plomo y poder fabricar más armas.
Parece que la mirada de Rocío comparara en silencio a los desafortunados soldaditos huecos con el resto de sus compañeros: soldados de puro plomo de ejércitos ingleses, franceses, españoles e incluso, peruanos.
- Es una pena… - Comento.
- Sí, de hecho, ¿sabías que la mayoría de juguetes de plomo o metal de esa época fueron fundidos para fabricar más armamento? – Me pregunta, soltando una sonrisa ácida.
Puede que cuando a Gerardo Chávez se le cruzó por la cabeza la idea de construir un museo del juguete, su finalidad nunca haya sido la de un coleccionista promedio, sino la de un arqueólogo de la diversión infantil. El diseño del museo podría ser la prueba: paredes tapizadas de rosa suave y elegante, y estantes repletos de muñecas, componen el reflejo de la habitación de una niña de cinco años de mediados del siglo pasado. Paralelamente, en la siguiente sala, un cuarto azul con aviones y marionetas que caen desde el techo, configuran el universo de un niño de siete años de los cincuentas. Cada detalle convierte al visitante en un observador omnisciente de todo un siglo.
Coincidentemente, la selección de los juguetes en exposición fue pensada en torno a su facilidad para representar una época y a su relación con las demás instalaciones. Es así como, en la primera sala, muñecas de trapo, silbatos de barro, pequeñas coronas de cobre y animales de cerámica, nos transportan hacia la infancia de los waris, los moches y los Chancays. Es el lugar de los juguetes precolombinos y la nostalgia comienza a envolver al visitante con cada una de las piezas. Desde ellas, cualquiera podría imaginar las risas, los movimientos y las peleas provocadas hace más de mil doscientos años por un niño pre inca.
El transe es inevitable y se acentúa aún más, cuando uno ingresa al siguiente recinto, el del cuarto de los niños. Allí, monos percusionistas a cuerda, caballos sobre plataformas rodantes, buses de hojalata litografiada, ejércitos ingleses batallando contra los franceses, patinetas con ruedas de madera, o una instalación de trenes que trasportan carbón por el desierto norteamericano, nos convierten en un viajero que salta de un contexto a otro, con solo una mirada. En el museo del juguete la historia no se aprende en gruesos volúmenes de Basadre, Voltaire o Bartolomé de las casas, sino a través de la madera, la hojalata, el plomo, la porcelana y el metal.
- ¿Viste estos soldaditos? – Me pregunta Rocío, divertida.
- Sí, ¿qué hay con ellos?
- Fueron fabricados en Trujillo y se contrató a niños para que los pintaran. – Responde, al mismo tiempo que su índice roza la vitrina, señalando a cerca de seis soldados con la mirada congelada hacia al frente.
En el museo, la mayoría de las piezas de exhibición llegan desde donaciones o préstamos de fundaciones y coleccionistas. Otra cantidad de juguetes ha sido adquirida por Gerardo Chávez en sus viajes por Europa y Asia. De este modo, en el cuarto de las niñas, muñecas con trajes típicos de la cultura japonesa, bebes de porcelana francesa o una Mafalda de trapo, comparten la misma naturaleza con un distinto discurso histórico. Ninguna de ellas se contrapone, sino que convive con el resto entre su propio pasado y sus parecidos. Entre tanto, una veintena de ojos vidriosos e imperturbables, bocas ligeramente abiertas y congeladas, cabellos cayendo estáticos por las mejillas y manos esperando abiertas a su próxima dueña, componen un paisaje escalofriante y aterrador.
- ¿A nadie le da miedo la parte de las muñecas?
- A todos. De hecho, hay gente que prefiere no quedarse mucho tiempo viéndolas. - Me responde Rocío, con un aire despreocupado e incluso, burlón. Su oficina está casi a lado del rincón de las muñecas. Desde allí, es acompañada por esos rostros de porcelana brillante que vigilan el museo, desde sus estantes o sostenidos por hilos que caen desde las vigas del techo. Rocío no les tiene miedo, quizá haya entendido que las muñecas y el resto de sus compañeros son los dueños de la casona y ella, una inquilina de paso.
MUSEO DE LAS HUACAS DEL SOL Y LA LUNA.
- Maestro, ¿cómo llego al museo de las huacas?
El vendedor de periódicos nos clava una mirada escéptica y voltea hacia su cliente. Ambos intercambian un par de murmullos inteligibles, hasta que el vendedor asiente con un ligero movimiento de cabeza y se vuelve hacia nosotras. Levanta el brazo y apunta con su dedo índice a la carretera. Asentimos y seguimos la ruta indicada. Dos cuadras más adelante, un trabajador de una gasolinera esboza una tímida sonrisa y nos ofrece una referencia más exacta.
- Cruzas la pista y tomas cualquiera de las combis. Todas te dejan en la campiña.
El recorrido en combi dura menos de cinco minutos y te desembarca justo frente a la campiña. Desde ahí, el camino puede extenderse entre cuarenta y cinco minutos o una hora a pie, mientras que en mototaxi o en colectivo, el tiempo se reduce a diez minutos. Sea cual fuere el medio, el visitante es testigo de una magnífica vista de los cañaverales, las casitas de quincha y los minúsculos establos caseros con vacas, burros y caballos. Al fondo, un ejército de montañas registra receloso el paso de los forasteros. Entre tanto, el único ruido perceptible es el ronquido del motor de la moto taxi o los autos, y el golpe del viento contra las mejillas. La ciudad ha quedado relegada tras la carretera. Ahora, son la nostalgia de la campiña, y el mestizaje entre la cultura moche y la retrasada herencia occidental, quienes dominan el territorio.
El camino termina cuando se abre en dos: a la izquierda, una ruta de trocha avanza hasta la huaca de la luna, a unos quinientos metros de distancia. A la derecha, el cercado metálico que rodea el museo desnuda su interior: un campo de cactus bordea las salas de exposición, el centro de investigaciones y las tiendas de souvenirs. Adentro, la exposición está dividida en tres ambientes: la sala de la naturaleza, la de las tumbas y el poder, y por último, la sala de metalurgia.
A diferencia de otros museos de arqueología, la iluminación ha sido diseñada en función del objeto y de la arquitectura del espacio. De este modo, desde las vitrinas de exhibición caen varios rayos de luz que se proyectan sobre la cerámica moche, al mismo tiempo que desde arriba otros relámpagos de luz cálida iluminan el recorrido y los ambientes del museo. Cada una de las piezas es original y ha sido cuidadosamente refaccionada para su exposición.
– Eso sí, nada de fotografías y los celulares apagados, sino interfieren con el registro de las cámaras – Nos advierte, Elmer Sánchez, el encargado de seguridad del museo.
En la sala de la naturaleza, algunas serigrafías que replican las imágenes más recurrentes de los moches, se mimetizan con las botellas y cuencos mochicas en forma de felinos, crustáceos, peces y anfibios. “La serpiente es mitificada por representar la comunicación entre los dos mundos”,se lee en uno de los recuadros que acompañan las vitrinas de exposición. Todas las piezas son secundadas por una explicación de su significado, la tumba donde fueron encontradas y la plaza ceremonial a la que pertenecieron. Ni las serigrafías en las paredes ni el diseño del museo se contraponen o compiten con los huacos mochicas, por el contrario, cada unos de los elementos mantiene su protagonismo, al mismo tiempo que convive con el resto del museo.
La política de la cultura moche era básicamente teocrática, justo por eso, cada una de las piezas no solo representa la vida y el contexto de los mochicas, sino su cosmovisión. Los cuencos y botellas con dibujos de olas y escalones, significan la ascensión a otros mundos que trascienden al de los vivos. Mientras que la escultura de animales o de seres antropomorfos con colmillos de felinos y cabellos de serpientes cazando venados o pescando, son la expresión de la conexión entre los universos paralelos, los apus y el valle. Para los moches, tanto sus dioses como ellos mismos cazaban e incluso, podían convivir en un igual contexto.
Luego de cruzar la sala de la naturaleza, un pequeño pasadizo rodeado de serigrafías adheridas a láminas de vidrio nos conduce hasta el segundo recinto: el de las tumbas y el poder. Es aquí donde varias vitrinas representan las fosas sepulcrales en las que fueron enterrados los señores y sacerdotes moches. Dentro de ellas, botellas con dibujos de serpientes, primates y felinos son la única guía existente para entender el rango y la ocupación del fallecido. Mientras más esculturas de escalones o dibujos de olas aparezcan en la cerámica, mayor fue el poder del antiguo mochica. Por otro lado, las cerámicas de monos cadavéricos y colmilludos se repiten en varias de las tumbas como un testimonio de la escuálida línea fronteriza entre la vida y la muerte.
La exposición termina cruzando el mismo pasadizo de las serigrafías e ingresando al muro paralelo a la muestra de la naturaleza. Allí, otras láminas de vidrio separan al espectador de las estatuas intactas o semi - reconstruidas de guerreros vencidos en combates ceremoniales. La devoción y sumisión a los dioses mochicas se medía en proporción al número de cadáveres desangrándose sobre la plataforma de las batallas rituales. Es así como, cuando el vencedor caía muerto, era decapitado y sus restos, ofrecidos a la satisfacción de sus deidades y al apetito de los gallinazos. En otras vitrinas, una escalofriante exhibición de cráneos, fémures, vertebras y falanges destrozados componen otra prueba de los sacrificios moches.
En el último ambiente, la alfarería queda relegada por el arte metalúrgico de los moches. Allí, un pectoral cubierto de láminas de oro y cocido a una cabeza de felino tallada en piedra, se convierte en el testimonio irrefutable del genio mochica. Los acabados de la escultura sobre metales y la perfección del fundido en las orejeras, medallones y brazaletes de cobre, plata y oro, también configuran otras pistas sobre el talento artesanal de los moches.
Finalmente, el recorrido se cierra con la exposición de pututos, flautas, trompetas y sonajas que contextualizan el gusto moche por la música y las ceremonias populares; y por otro lado, con el montaje y la adaptación de una cocina mochica.
MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO.
A tres kilómetros y medio del centro de la ciudad, una fortaleza de muros color ladrillo y un gigantesco portón de madera, resguardan una de las colecciones de arte más variadas del país. Adentro, un amplio jardín y dos esculturas de piedra y metal quemado, rodean las salas de exposiciones. La primera escultura, es la mujer de los antes al viento, de la boliviana Marina Nuñez del Prado. Su dinamismo, manejo de la materia y abstracción de la misma, han convertido al mármol en una pieza enigmática que envuelven al visitante en una latente sospecha e incertidumbre. La mujer de los andes nunca llega a ser descubierta, sino que se mimetiza en el viento y en el movimiento de la materia. Su propia existencia ha sido velada y abstraída por la sinuosidad de la piedra. Tras ella, a unos metros, un hombre de metal quemado se pelea en el aire con un perro salvaje. El vuelo del animal sostenido solo por una de las extremidades de ese hombre que lo mira sereno y omnipotente, componen un equilibrio insospechado. Víctima y victimario comparten un universo ajeno a cualquier mirada o ley de gravedad.
Por un momento, el mundo interno de la escultura parece estrellarse con la realidad y apoderarse de ella. A unos metros, una perra calata comienza a acercarse enseñándonos los dientes y gruñendo, amenazada. Su mandíbula vibra de rabia, al mismo tiempo que sus patas avanzan lentamente hacia el jardín. Intento acercarme a ella, pero un ladrido retumba contra los árboles y los ventanales del museo. Ella es la guardiana de la fortaleza y como tal, cualquier paso en falso sobre su territorio, puede pagarse muy caro.
En ese momento, un hombre de estatura baja, contextura delgada y rostro tostado, suelta un silbido agudo. Simultáneamente, la perra calata corre hacia él y se pierde en el jardín trasero. El vigilante del museo, por su parte, nos señala la entrada a la primera sala de exposición. Es un pasadizo, con una esbelta venus decapitada, al fondo. La escultura es del Suizo Alberto Giacometti y a su lado, una témpera de Paúl klee grita desde la pared. El primer cuarto es un homenaje a la obra de Ángel Chávez, uno de los artistas más representativos del siglo XX en el Perú.
De pronto, toda la sala se plaga de rostros anchos y melancólicos, relámpagos rojos y arenas, y un sentimiento de reivindicación indígena. Pinceladas gruesas y trazos enérgicos construyen un mundo repleto de rostros anchos curtidos por el sol, hombres y mujeres robustas con la mirada encendida, rocas que se desfiguran en caras humanas, y un Pizarro a caballo que atropella prepotente, a una decena de indios. “El rojo es mi constante”, se lee en un recuadro que cita a Ángel Chávez. El manejo del color, las formas, la complicidad entre luz y sombra, y la pasión por la cultura de ese Perú latente y azotado, configuran el universo interno del artista.
Al salir de la sala de Ángel Chávez, uno se encuentra con un amplio salón de paredes blancas que proyectan la iluminación natural hacia cada una de las pinturas y esculturas. Desde uno de los muros, una orquesta de rostros burlones, enloquecidos y con rasgos cubistas del peruano José Tola, observan divertidos el recinto. Cerca a ellos, dos hombres – máquina nos envuelven en un erotismo bizarro, crítico y surrealista característico de la primera época de su creador, Carlos Revilla. En medio de la sala, un ojo vigilante con líneas incas en su base de cobre, registra el paso de los visitantes. Entre tanto, desde cada uno de los muros, surrealismos como el de Venancio Shinki confabulan con la mítica mexicana de Francisco Toledo o esqueletos que viajan entre dos mundos como en la pintura de Rufino Tamayo y otros mexicanos. Una columna vertebral femenina de madera esculpida por la peruana Johanna Hamman, se contrapone a la dinámica, la fuerza y el choque de máquinas y estructuras del chileno Roberto Matta o la ciudad de rompecabezas del ecuatoriano Oswaldo Guayasamin. Paralelamente, un paisaje costero del maestro Macedonio de la Torre se impone frente a los escenarios difuminados y personajes solitarios y contemplativos de Elda Di Malio.
Las multitud de estilos, el genio de los artistas y el mestizaje de las corrientes, convierten al museo en un universo alterno donde luz y sombra, color y vacío, fuerza y sensualidad, salpican las paredes y construyen nuevos contextos y puntos de quiebre. Entre tanto, en la última sala, formatos excéntricos de dos metros y medio de altura por doce metros de ancho, o cuatro metros por siete, componen nuevos mundos plagados de personajes antropomorfos que pelean entre ellos, por su propio protagonismo. Es el salón de Gerardo Chávez y allí, todo puede suceder. Desde una multitud de beatos que le rinden procesión a una papa, hasta la existencia de una especie de murciélago con extremidades humanas, rodeado de personajes que revolotean despreocupados en el desequilibrio, la fugacidad, la energía y la maestría de los trazos. Los mundos de Chávez conviven entre sí, amenazando con romper la barrera del lienzo y escapar a la realidad. Afuera, un centauro de piedra cuida receloso la sala de su creador. Él es el ícono del museo y posiblemente, uno de los hijos preferidos de Gerardo Chávez.
Para salir de la sala, uno debe cruzar una gigantesca puerta de vidrio que comunica el salón de Chávez con su centauro y el jardín del museo. En el exterior, los seres surrealistas, expresionistas, abstractos, cubistas o costumbristas, vuelven a sus lienzos amenazados por la naturaleza y el mundo mismo. Ellos dominan el interior, mientras que kía, la perra calata, se combate con el centauro el reino del jardín.
MUSEO DEL BRUJO.
En el siglo IV D.C, una mujer de aproximadamente veinticinco años gobernó parte del norte del Perú. Sus brazos y piernas fueron tatuados con olas, arañas y serpientes estilizadas, como testimonio de sus dotes de sacerdotisa y curandera. Mientras que el lujo de sus vestidos, sus aretes, brazaletes, collares, diademas y coronas, la acompañaron hasta la muerte como prueba irrefutable de su poder. Ahora, más de 1600 años después, un espejo refleja sus restos momificados en la sala principal de un museo construido a unos metros de su tumba original. Ella es La Señora de Cao, posiblemente la única mujer gobernante de la cultura moche.
- Ella no solo fue la cabeza de todo un imperio, sino que era considerada como un personaje casi divino. – Cuenta, Jorge Seclén, el guía del recorrido del Museo de la Señora de Cao.
Incluso dieciséis siglos después de su entierro, la dama de Cao sigue provocando respeto. Cada mañana un grupo de arqueólogos la visita para inspeccionar su estado y reemplazar algunas de las cuarenta gazas que absorben cualquier rastro de humedad que ose acercarse a sus restos. Ellos son los únicos que pueden mirarla directamente. Los visitantes y los guías deben conformarse con ver solo su reflejo. Ni siquiera los rayos de luz son dignos de alumbrarla: una placa de madera los esquiva y solo consiguen proyectarse en el espejo que la muestra al mundo. Mientras tanto, alrededor de la sala, cada uno de los objetos preciosos que fueron hallados en su tumba, sigue resguardándola y atestiguando sobre su poder y sus dones divinos.
El resto de las salas del museo son separadas del cuarto donde exhiben a la Señora de Cao por una pared y dos entradas cerradas por cortinas oscuras. Adentro, está la mujer más poderosa de todo un imperio. Afuera, los restos de sus súbditos y de esa cultura que la inmortalizó en la historia. En el recinto continuo, se expone el vestido que cubrió a uno de los cuatro mochicas que fueron enterrados a su lado, así como las cerámicas y los metales que se encontraron en su tumba. Una vitrina cercana exhibe quenas hechas con huesos de llama y aves guaneras, y a unos metros, otras placas de vidrio resguardan una colección de huacos retratos con rostros antropomorfos y felinos. Aún así, la Señora de Cao sigue apoderándose del lugar. En una de las paredes, un grupo de turistas franceses se aglomera para ver el video que reproduce su descubrimiento y la primera investigación sobre ella.
En la sala siguiente, otro video reproduce una animación sobre las batallas rituales de los moches. En las vitrinas, fémures destrozados, cuchillos ceremoniales, cerámicas con imágenes de los guerreros vencidos, restos de sogas y textiles que exponen escenas de los combates, configuran una narración sobre la fijación de los moches hacia la sangre. En cada una de estas representaciones, se explica cómo es que el guerrero vencido era decapitado y su sangre, vertida en un vaso ceremonial que posteriormente, era bebido por el sacerdote en la montaña.
- Para que la sangre no se coagulara camino a la montaña, la mezclaban con ulluchu, una fruta parecida a la papaya que tiene una propiedad anticoagulante. – Comenta, Seclén.
Fue justo este conocimiento de los moches sobre las propiedades de cada una de las semillas o sustancias que los rodeaban, lo que permitió que los restos de la señora de Cao se mantuvieran intactos: antes de ser enterrada, la gobernante fue bañada en agua de mar y luego, en cinabrio (sulfuro de mercurio). De este modo, su piel se secó rápidamente y sus tatuajes permanecieron intactos por siglos.
Un pasadizo conecta la sala de las batallas rituales con el primer salón, el paseo de las aguas. Allí, una serie de huacos, textiles, metales y pergaminos, explican las culturas y/o civilizaciones que surgieron o llegaron a Magdalena de Cao. Desde salinares y gallinazos, hasta lamballeques, chimús e incluso, dominicos. Cinco mil años de historia son resumidos en restos de cerámicas, piedras, vibras vegetales, algodón y manuscritos. Entre tanto, en la primera pared del museo, felinos, serpientes, dioses y sacerdotes cobran vida en una animación que representa el mural principal de la huaca de Cao Viejo. Paralelamente, tres salas más adentro, la Señora de Cao sigue burlando a la muerte con su solo reflejo. Su reino no ha terminado, sino que se perpetúa en las pupilas impactadas de los turistas.