Apocalipse Now

Toledo despega como el cohete Eagle, pero termina aterrizando como un rayo: un tímido quince por ciento se opaca frente al 31 y 23 por ciento de Ollanta y Keiko, respectivamente. Mientras tanto, los PPKausas siguen lanzando insultos contra los dos punteros desde sus plataformas de facebook y Twitter; aplauden la sobredosis de optimismo de Pedro Pablo, y se niegan a escuchar las encuestas: solo la palabra de Magdalena Chu será ley, de lo contrario, siempre queda la alternativa de alentar a un sesenta por ciento del electorado para viciar sus votos y convocar nuevas elecciones (?). Con respecto a Castañeda, es tiempo de prenderle una velita y rezar por que descanse en paz luego de su triste muerte electoral (y si se puede, asignar a algún San Pedro capaz de interrogarlo sobre Comunicore).


Y el circo continúa. En la primera esquina del cuadrilátero tenemos a Ollanta Humala prendiendo la pipa de la paz con Perú Posible, y en la segunda, a Keiko Fujimori adulando las obras realizadas por Castañeda durante su periodo en la alcaldía de Lima, pero negando la existencia de un acuerdo entre ambas partes: solo “han coincidido y conversado sobre algunos programas”. Paralelamente, Kuczynski reitera que aún no está en posición de firmar un consenso con uno de los dos candidatos, pero no titubea en seguir apedreando a Humala. Todo esto, en nombre de la democracia y el bien del país.


Pero ¿Desde cuándo el estado democrático es sinónimo de una dictadura de once años? Quizá la respuesta la tengan los analistas de la bolsa y los inversionistas extranjeros que luego de los resultados, decidieron tomarse de las manos y lanzar un grito al cielo en unísono. Los pronósticos, salpicados por una aberrante parcialidad, apuntan a una escandalosa fuga del capital extranjero por los impuestos de sobre ganancia que cobraría Ollanta Humala. Y no solo eso: el Perú se convertiría en una suerte de tierra de nadie, donde Chavez, Morales y Humala harían de las suyas. De este modo, los Nostradamus de la Bolsa apelan al sentido común de sus compatriotas y se resignan con un: “lamentablemente ahora solo dependemos de las consciencias del pueblo peruano”. Al parecer, el infierno de Dante queda corto frente a la posible victoria de Ollanta.


¿O será que estas premoniciones lejos de velar por el destino de nuestro país, no son más que un indignante chantaje?, ¿Acaso la amnesia colectiva –síndrome típico en los peruanos de treinta años a más- ha terminado por borrar las secuelas que nos dejó la dictadura fujimorista, y ahora identificamos en Keiko los rasgos propios de una candidata democrática, honesta y confiable? Finalmente, bastaron solo diez años para olvidar los asesinatos extrajudiciales, la corrupción, y los acuerdos bajo la mesa con los medios de comunicación.


Consecuentemente, ahora es Humala quien amenaza la libertad de prensa. No importa si él es el único candidato que prometió reabrir los periódicos y radios que fueron cerrados en Bagua por parte de García, luego del genocidio ocurrido en la zona. Tampoco vale la pena aceptar que las propuestas de Ollanta se asemejan a las políticas de Lula y no, a las de Chavez. Mucho menos podemos categorizar como relevantes las persecuciones, extorsiones, torturas y homicidios contra periodistas, durante la mafia fujimontesisnista.


Lo que realmente importa, señores, es (1) que los grandes empresarios del país y del mundo, sigan zurrándose en los impuestos y reciban a precio regalado nuestra materia prima; (2) que el Perú deje de hacerse ilusiones y olvide sus posibilidades de convertirse en un país industrializado; y por supuesto, (3) que el Hábeas Corpus presentado al Tribunal Constitucional para anular la sentencia contra Fujimori, sea escuchado. Nada representa mejor nuestra oxidada democracia que un dictador liberado y su hija como presidente.

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