LOS HUÉRFANOS DEL GÉNESIS

Trujillo de noche es un cuento de Bukowsky, con sus propios guetos y suburbios. Tal vez no sea el accidentado Los Ángeles, pero podría parecérsele. En esta ciudad, cuando la luna se despierta, las calles se desfiguran con la luz mortecina del alumbrado público; los mendigos cambian de turno con los recicladores de basura; y las iglesias cierran sus puertas, para abrirle el paso a otra clase de templos: decenas de bares, discotecas, y salsódromos. Los beatos del día son distintos a los de la noche. El primer grupo sueña con el purgatorio, el segundo, con un vaso de cerveza y con algo de suerte, un par de labios para engañar a la rutina. En la noche, las reglas del juego mutan, los controles sociales quedan apolillados bajo la almohada, y el todo o nada se convierte una nueva religión.
Todo puede cambiar, salvo un detalle: el filo indeleble de las clases sociales, de las etiquetas inquisidoras y los estilos de vida. Por un lado están los acomodados que van a Ama, la discoteca de moda; y por el otro, los ciudadanos clase media y baja que prefieren zapatear en El Estribo -el salsódromo del centro-, u optan por un chupódromo de escaza iluminación. También están los que alimentan sus pupilas y desapolillan sus pasiones en un night club de la avenida Miraflores, o los que se aglomeran en un coliseo de la periferia para escuchar a sus ídolos de la cumbia. Pero lejos de la mirada estigmatizadora del resto, existe otra tipología. Una que escapa de las cárceles oxidadas de la cucufatería y la moral, que deja las máscaras en el armario y se viste de lentejuelas, que manda exilio las reglas del antiguo testamento y reinventan su propia forma de vida. Esta es la burbuja gay de la ciudad; los hijos no asumidos de Verlaine, Rimbaud, Safo, Adriano, y tantos otros.
DE SODOMA A BABILONIA.
Son más de la media noche y la discoteca sigue casi desértica. Es que acá se llena a eso de la una, me comenta el bartender, mientras prepara un mojito. Asiento con la cabeza y volteo hacia la pista de baile. Solo hay una pareja de muchachos –ambos hombres- bailando, y a unos metros, un grupo de chicas coreando ‘Tú me dejaste caer, pero ella me levantó (…)’, con cerveza en mano. A un extremo, asientos de cuero con mesas bajas tipo lounge circundan el lugar. La mayoría aún están vacíos. Mientras tanto, las luces psicodélicas se estrellan contra los espejos empotrados en las columnas, las losetas del suelo, y la barra.
En el extremo izquierdo, un hombre con chaleco de seguridad, botas, pantalones anchos y polo fosforescente resguarda el cordón que separa la zona popular, de la vip. Adentro, largos sillones de cuero rojo, mesas bajas negras y posters de banderas gays decoran el ambiente. La iluminación de esa parte es un tanto más tenue, pero la comodidad parece diseñada al gusto del cliente. El tipo del chaleco de seguridad y polo fosforescente, abre el cordón divisorio e ingresan dos hombres tomados de la mano. Tras ellos, uno de los bartenders lleva una bandeja con una botella de whisky, dos vasos bajos y una hielera. Los muchachos se sientan, encienden un cigarrillo y esperan a que el bartender termine de llenar los vasos. Luego, brindan y le dan un sorbo a su whisky. Uno de ellos lanza un comentario, el otro ríe. Entre tanto, un grupo de muchachos los mira receloso, desde la otra orilla del cordón fronterizo. Quizá aquí uno pueda escapar de los estereotipos inquisidores del génesis, pero jamás, de la regla de oro del capitalismo: if you want more, you have to pay.
- ¿A qué hora sale Sasha? – Pregunta un muchacho acercándose a la barra.
El bartender termina de exprimir un par limones sobre un cuba libre y mira su reloj. – A la una y media- responde. El muchacho asiente y vuelve a su grupo: dos mujeres con camisa a rayas, un muchacho con pantalones estrechos y un hombre maduro con camisa blanca. Están parados a un lado de la pista de baile, con caja de cervezas al suelo.
Entre tanto, otro tipo de seguridad resguarda la entrada principal: una puerta doble cubierta de cuero negro. Un muchacho de unos veinte años, ingresa. Lleva pitillos, polo blanco, zapatillas all stars, y el cráneo rapado por la mitad. Un largo mechón teñido de rojo cae por un lado de su rostro y le roza las mejillas. Los clientes de la barra voltean hacia él, al mismo tiempo que sueltan comentarios al oído entre sí. El muchacho no los mira, ni siquiera registra el lugar. Solo voltea hacia atrás y espera a su grupo: tres tipos de su edad y dos cuarentones.
- Él es Sasha – Le susurra un cliente de la barra a su compañero. Él por su parte, afina la mirada y se la clava al muchacho de las all stars y el cráneo semi rapado. No es para menos: Sasha es la sensación del lugar. La mariposa indomable que abre sus alas cada vez que viste tacones, lentejuelas y escotes. A simple vista, podría ser un muchacho promedio, bastante guapo y con un corte de pelo extravagante. Nada del otro mundo, al menos, hasta que el reloj marca la una y media. Entonces, Sasha dejará de ser Gastón y se convertirá en la Marilyn Monroe del lugar.
Los padres de Gastón no conocen a Sasha. Ni siquiera se la imaginan. Porque Sasha solo es ella misma bajo los relámpagos rojos, verdes y azules de Babylon, la nueva disco de ambiente de la ciudad. Fuera de allí, Gastón vuelve a dominarla y a esconderla. Si en casa se enteran, se armará otra versión de Sodoma y Gomorra. La lluvia de fuego y azufre enviada por la mano divina del Dios de los cristianos, será encarnada por sus padres, y Gastón será expulsado del reino de los cielos. Afortunadamente por ahora, no hay razones para preocuparse. Sasha ha dejado de revolotear por el lugar y ha entrado a su camerino. En veinte minutos comienza el show.
DE LEOPARDOS Y GLADIADORES.
Sasha no es el único espectáculo de la noche. Desde los asientos y la pista de baile, cada uno de los asistentes se convierte en el espectador de su propio destino. Los corazones rotos se subastan al mejor postor, al calor de un par de labios y al efecto de varios litros de cerveza. Las parejas salen del juego y se encierran en su propio oasis. Mientras que los eternos solteros, los desangelados y los divorciados, afilan la mirada hacia sus congéneres. Es sábado por la noche y ha empezado el juego.
Un grupo de muchachas bebe cerveza a un extremo de la barra. Están arrimadas en una circunferencia y bailan unas con otras. Una de ellas hace un chiste, todas ríen. Siguen bailando, mientras voltean disimuladamente hacia sus costados. Si la suerte les echa una mano, podrán encontrar a alguien que se alinee a sus gustos, en alguna de esas miradas rápidas a la arena de juego.
Entre tanto, cinco muchachos beben cerca de una de las columnas de la pista de baile. Un hombre de unos cuarenta años se acerca a ellos y les ofrece un par de botellas de Pilsen Trujillo. Los chicos lo saludan y sueltan un par de palabras. Segundos más tarde, el hombre toma a uno de ellos de la mano y lo saca a bailar. A diferencia de las épocas de Adriano en el imperio romano, acá no es necesario erigir una ciudad en honor al joven amado, sino regalar un par de vasos de cerveza, dar un buen tema de conversación y dejar que las feromonas hagan lo suyo.
Paralelamente, en la pista de baile, otro grupo de mujeres baila dándole la espalda a la barra. Ninguna mira a su alrededor, solo se sirven cerveza y de cuando en cuando, se lanzan susurros al oído. Una muchacha promedio se acerca a una de ellas. Le suelta una sonrisita tímida y un par de palabras. La respuesta de su receptora es rotunda: una negación con la cabeza. La muchacha asiente resignada y vuelve a su grupo. Quizá en el próximo intento haya más suerte. Entre tanto, las descendientes de Lesbos siguen sin prestarle atención al resto. Son las alumnas exiliadas de Safo, la materialización de un mito que fue trastocado por el tiempo. Por supuesto, ahora el amor por las artes griegas y su cultura, ha sido relegado por la fascinación hacia los nuevos estereotipos de belleza fabricados por la sociedad postmoderna. En Babylon, los encuentros se miden en atributos físicos, antes que en sinapsis. Para besar no hace falta hablar.
¿Cómo está mi gente de Babylón? ¿Dónde están mis pasivas? ¿Y mis activas? – La voz metálica y femenina retumba en todos los alto parlantes. Los asistentes dejan de bailar y voltean hacia la barra. Allí está Sasha, vestida con tacones negros, traje de leopardo, un atrevido escote en la espalda, y rayos de escarcha en el cabello. Sus ojos, recargados de maquillaje plateado brillante, fulminan a cualquiera. ¡No escucho! ¿Dónde está mi gente de Babylón? – insiste ella al micrófono, y los gritos se escuchan por toda la pista de baile. Hombres y mujeres levantan las manos, eufóricos. Es el circo romano y Sasha, el único felino capaz de vencer a cualquier gladiador.
De pronto, los altoparlantes reproducen hot and cold de Katy Perry, y Sasha baila desde su pequeña plataforma en la barra. Sus ojos se clavan en el espejo, y su cuerpo se contonea al ritmo de la música electro. Sus piernas se enredan como serpientes en la baranda metálica de su plataforma, su torso se retuerce hacia atrás y sus cabellos le salpican en el rostro. Sus movimientos son naturales y enérgicos. Las pupilas del público lo siguen, hipnotizadas. Algunas parejas se lanzan sobre la pista, mientras Sasha sigue su propio show a través del espejo. No existe nadie más, solo él y su reflejo.