Héctor Acevedo: el arte de soñar.

Héctor Acevedo no pinta, él viaja a través del lienzo. Desde la primera pincelada, hasta el ultimo roce de la veladura con el oleo, los cuadros de Acevedo marcan su propia ruta. El pintor no es el navegante, tampoco la brújula, sino el cuentacuentos de su propia obra. El medio que le da voz y forma a un universo onírico que estalla con sus rojos y azules, fuera del lienzo, del subconsciente del artista, de su propia piel.

EL PRIMER PASO.

-¿Cómo comienzas un cuadro? – Pregunto.

-A veces tengo algo concreto en la cabeza, pero otras veces, no. Como con este que estoy empezando… –Me dice, Héctor, al mismo tiempo que camina ansioso, hacia un rincón de su taller y toma un lienzo de formato mediano. Recién ha comenzado a trabajar en el. El fondo es un blanco salpicado con relámpagos de azules, rojos y naranjas, que viajan de norte a sur y de este a oeste sobre el lienzo. En el medio, la silueta de un caballo a galope comienza a abrirse paso, a través de pinceladas rápidas y fugaces. El cuadro se asemeja más al expresionismo abstracto de Pollock, que al universo onírico (y contrariamente, disciplinado) de Héctor Acevedo. – En este caso, he partido de una manera totalmente libre – continua explicándome, mientras señala los salpicones cromáticos lanzados sobre el lienzo. Sus palabras van atropellándose entre sí, sus dedos se pasean hiperactivos entre el lienzo y su barbilla, su tono de voz es grueso y accidentado, su mirada huye del lente perverso de mi celular. Han pasado menos de tres minutos desde que he encendido la grabadora, y la timidez innata de Héctor ya comenzó a delatarlo. Aun así, nada impide que siga contándome sobre su odio por las texturas brumosas y accidentadas, su técnica con cera de abeja para lograr una superficie delicada y lisa, y su trabajo con barnizados para darle más fuerza a los colores.

– Antes de comenzar con este cuadro, estaba motivado con los caballos – me explica, mientras desliza las yemas de los dedos sobre la silueta del dibujo – Pero, no sé. Puede que este caballo pierda fuerza y salga otro personaje por ahí. Al final, siempre es una aventura.

- Digamos que finalmente, te dejas llevar y te conviertes en un medio de tu propia pintura – Le comento.

- Sí, dejo que el subconsciente haga lo suyo, ¿no? – Responde, y casi simultáneamente, suelta una risa imperceptible.

El taller de Héctor Acevedo es casi caótico. En el suelo, varias gotas de pintura seca juegan a ser las testigos omniscientes de la relación diaria entre el artista y ese universo onírico que viaja por el puente de sus manos hasta convertirse en un trazo, una forma o un color. A un lado, sobre un banquito de madera, descansan la paleta de mezclas y unos cuantos tubos de oleo. Entre tanto, en la pared, decenas de lienzos esperan recostados, la caricia del pincel y el genio creativo e impredecible de Acevedo. La luz natural entra como un rayo por el balcón de la izquierda, y estalla sobre las miradas recelosas y misteriosas de mujeres que no necesitan de labios para hablarnos. Su comunicación va mas allá del sonido y las palabras: se traduce en el coqueteo de los ojos y en los perfiles evasivos y distantes.

LAS MUJERES.

Desde sus inicios, la obra de Acevedo se caracteriza por sus retratos o escenas de mujeres que miran escépticas e indiferentes al espectador de turno, y curiosamente, esconden sus bocas bajo hojas de coca, casitas estilo europeo o cualquier elemento que cohabite a lado de ellas, en medio de la fauna fantástica del lienzo. Esa es su marca, su sello personal. Y por supuesto, le ha costado algunas críticas.

- ¿Por qué siempre tus personajes principales son mujeres?

- Es que la naturaleza femenina es mucho más enigmática. Además, hay un tema de belleza en sus formas. Las mujeres son mucho más plásticas. – Responde, mientras se frota el mentón, pensativo, y sus ojos se pasean por la silueta de tres mujeres vestidas de jinetes. Una de ellas, solo lleva puesto un saco negro para cabalgar; su desnudez es sutilmente velada y se traduce en un erotismo tímido y elegante. – Y también están sus miradas y ese aire de misterio. Supongo que se trata de indagar en esa esencia un tanto desconocida. Es que las mujeres son distintas. Tienen otra aura, creo… - Añade, Héctor, y vuelve a reírse con aire de travesura.

El taller de Acevedo está ubicado en el tercer piso de su departamento y el último, de todo el edificio. Para llegar, uno no solo debe subir decenas de escalones, sino esquivar los pequeños cercos de seguridad para niños, colocados estratégicamente, en la cima de cada escalera. Héctor Acevedo ya no es el soltero bohemio de antaño, sino un artista consagrado que dejó la noche trujillana, por la vida familiar limeña. Sus dos hijos, Luciano y Camila, están dormidos en el piso de abajo. Mientras tanto, nosotros seguimos con la entrevista, rodeados de féminas que nos esquivan la mirada.

- ¿Por qué ese interés por esconderles las bocas a las mujeres?

- Generalmente, los personajes fueron perdiendo la boca a través procesos de creación… Todo parte de los ojos, incluso rebusco en las manchas, una mirada. Es que siempre he sentido que he estado buscando otro modo de comunicación, algo que vaya más allá de lo oral… Quizá, indagar en el plano onírico, en los sueños… Tengo la impresión de que en los sueños no hay voces, sino certezas. – El tono de Héctor es apasionado y acelerado, como si se apresurara por atrapar las palabras, antes de que se le escapen. De cuando en cuando, hace una pausa para buscar la expresión exacta, la frase indicada para conceptualizar su obra. Tal vez, su timidez sea solo el testimonio de una continua huída del lenguaje verbal, para esconderse en el universo velado de las miradas, en esa comunicación casi metafísica donde las voces de sus personajes resultan innecesarias e incluso, inútiles.

- ¿Y las hojas de coca? Normalmente, cubres los labios de tus personajes con ellas…

- Eso es por un ritual muy antiguo del altiplano que me parece maravilloso. Es que a sus muertos les colocan hojas de coca sobre los labios para que se comuniquen con el más allá. Y eso era justo lo que yo estaba buscando, es decir, una forma de comunicación más profunda que la terrestre o la humana.

- ¿Nunca te han juzgado por esa manía de cubrir las bocas? En cierto modo, puede interpretarse como que quieres callar a las mujeres...

-Sí, claro que sí... De hecho, incluso mis amigos me decían que yo dibujaba a la mujer perfecta, porque no hablaba. – Héctor suelta unas cuantas carcajadas. Ahora habla un poco más suelto. Al parecer, la grabadora ha dejado de intimidarlo - Y bueno, también hay quienes se indignan porque creen que mi pintura puede ser un tanto machista. Pero mi intención no es esa. No pretendo acallar a las mujeres ni a nadie, es solo que mis personajes expresan más sin boca que viceversa. Como te digo, todo está en la mirada.

EL MATRIMONIO.

Puede que la última exposición de Héctor Acevedo haya marcado un antes y un después dentro de su obra. En este caso, los formatos grandes y las escenas con varios personajes, se impusieron sobre sus antiguos formatos pequeños y retratos de una o dos mujeres. La narrativa iba más allá de una mirada, sino que se componía como el relato de una escena, e incluso, un cuento. Paralelamente, sus mujeres abandonaron los típicos vestidos escotados, para cambiarlos por trajes de novias. La marca de Héctor seguía allí, pero la evolución era evidente.
- ¿Cómo crees que ha marcado en tu obra el hecho de casarte y ser padre?

-Bueno, ya no hago tanta bohemia como antes. Así que puedo trabajar más.  Además, yo estoy todo el día aquí en mi taller, mientras mis hijos van al nido o juegan en el parque, y Melisa (su esposa) está en el trabajo. Supongo que ha sido muy productivo casarme. 

Héctor Acevedo confiesa que es imposible que un artista se desligue de sí mismo, de su experiencia, de su percepción del mundo y de la carga emocional del momento. Y puede que su obra configure un testimonio de ello. Cada uno de sus elementos, maneja un discurso independiente y a la vez, cómplice con el resto de los seres fantásticos que fluyen sobre el lienzo. Sus contenidos pueden ser de crítica contra los típicos rituales sociales o la misma iglesia, o un chispazo personal sobre sus propios miedos, intuiciones y pasiones. Todo esto, cuidadosamente ordenado en un universo donde los ángeles pasean en bicicleta y María recibe la anunciación, ya embarazada. En la pintura de Héctor cualquier cosa puede suceder.

- ¿Crees que el matrimonio también haya marcado una nueva pauta en los temas de tu pintura? En tu última exposición, Testigos de la noche, la mayoría de mujeres estaban vestidas de novia.

- Claro, es que se trata de toda una época. Por ejemplo, a mi edad, yo crecía que casarme iba a cortar las alas y la libertad. Pero en realidad, fue al contrario… De hecho, el matrimonio me ha dado otro tipo de libertades, otras maneras de volar dentro de mi interior.

PARA TERMINAR.

- ¿Qué artistas han influido en tu obra?
- Creo que los clásicos como Velásquez, Rubens o Caravaggio. Sus manejos de la luz y la composición son increíbles… Ellos me han servido muchísimo con el tema de las miradas.

- ¿Cuál es tu cineasta preferido?
- Woody Allen… No sé por qué, pero él siempre logra conmoverme.

- ¿Y qué hay de Bergman? Su fotografía es como un lienzo en vivo.
- Sí, es cierto… Pero si hablamos de preferidos, me quedo con Woody Allen.

- ¿Escritor Preferido?
- Eielson.

Minutos después, Héctor sirve dos copas de vino y comienza a hablar sobre el grupo Cloaca, un mini colectivo de artistas contestatarios de los años ochentas. También admite que su obra es bastante clásica en contraste con las instalaciones que están de moda en Europa. Su tono de voz ha vuelto a la normalidad y su risa se estrella contra las paredes. Luego de un rato, Melisa, su esposa, llega con una bandeja de quesos, jamón y aceitunas. Héctor rellena las copas de vino y me cuenta sobre su interés por indagar en el plano erótico. Sus dos hijos también aparecen y comienzan a corretear entre los sillones de la sala. Puede que la entrevista haya terminado, pero la botella de vino aún está por la mitad.

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