La historia avanza en círculos. No importa cuánto corra, tampoco es relevante el uso de alguna brújula, lazarillo o GPS que le guíe el paso. El destino de todos los tiempos no variará en absoluto: siempre se estrellará contra el mismo punto de partida. El momento exacto, poético y apocalíptico en que nuestros gritos se levantan en unísono y la incertidumbre se escurre bajo nuestras almohadas. Esa minúscula parcela de tiempo que nos otorga la ilusoria probabilidad de cambiar nuestros destinos, de lanzarnos a la suerte y explotar nuevos contextos, de salir del hoyo.
Pero, esto no es una película de Hollywood con un empalagoso happy end. Este es el mundo real y acá, queramos o no, las reglas de juego son distintas. Acá nunca salimos del hoyo.
Es así como, las clases media y alta se vacunan contra el remordimiento, olvidan de los 15 000 peruanos que fueron torturados y/o asesinados en la década de los noventas, y arman comitivas muy al estilo de la China Tudela, para regalar saquitos de arroz y alimentos no perecibles, además de uno que otro polito y un billetito de diez soles, a los más pobres. A esos huérfanos de dioses que tuvieron la mala suerte de nacer en un arenal y desmintieron el mito del niño que nace con el pan bajo el brazo. Esa inmensa mayoría que a pesar de lucir barrigas vacías, tienen el poder: ellos son la masa de votantes más grande del Perú. Con ustedes, la santísima caridad de nuestra oxidada y eterna aristocracia.
Por supuesto, un cargamento olímpico de víveres no es suficiente para manejar el rebaño electoral. Todavía hacen falta más estímulos para inmiscuirse en sus subconscientes, y agregar, suprimir, y modificar todo tipo de recuerdos, juicios y convicciones. Afortunadamente, la prensa también baila al compás de la obesidad de los bolsillos y con un poco de ingenio y palabreo, nuestra queridísima oligarquía puede manejar sus lineamientos políticos, recordarles quién manda aquí y convertirlos en magníficos compositores y directores de orquestas de psicosociales varios.
Entonces, Mónica Delta se declarará la gran inquisidora de los Humala, y escupirá preguntas, pruebas descontextualizadas y malinterpretaciones varias, plagadas de una acidez tan naranja como sobre actuada. Paralelamente, se olvidará de las lágrimas que desfiló frente a cámaras, luego de que se descubriera a Shultz describiéndola como un obediente títere dispuesto a mejorar la fama de Fujimori, en una de sus tantas conversaciones con Montesinos. Todas ellas, registradas en esa suerte de película de serie b tipo policiaco, llamadas con poca creatividad: Vladivideos.
También nos encontraremos frente a un justiciero Lúcar que esconde bajo la alfombra su actuación en la revista Dominical: el único medio que sospechosa y casualmente, se daba de bruces con las mejores primicias de política, entrevistas exclusivas con Montesinos y Fujimori, e imágenes inéditas del SIN. Todo esto, además de cortarse la lengua para no tocar temas incómodos y vanagloriar los supuestos logros del gobierno fujimorista. ¿Y cómo olvidar a la señora Rosa María Palacios? La exitosa periodista que trabajó para el canal de Montesinos y aceptó gustosa la abnegada tarea de redactar el plan de gobierno del señor Urtado Miller.
Si a esto le agregamos una dosis de Bayly y su enardecida obsesión con Humala, y dos cucharas de Aldo Mariátegui y su sorprendente habilidad para relacionar al candidato de Gana Perú con el Mrta, Chávez, Osama Bin Laden, el anticristo, Sendero Luminoso y el terremoto en Japón, tendremos una perfecta pócima capaz de propagar una pandemia de alzheimer sobre los pueblos jóvenes, las zonas rurales y -¿por qué no?- las universidades.
De este modo, la historia volverá al inicio una vez más, y los peruanos seguiremos aferrados a la resignación y la tolerancia a ciegas. Los grupos colinas y los robos a arcas nacionales y donaciones extranjeras, regresarán para quedarse y los derechos humanos serán mutilados bajo la fachada del estado de emergencia. El pasado volverá con vestido de presente y nosotros, persistiremos en el intento de hallar respuesta a una de las interrogantes más complejas de nuestra realidad nacional jamás esclarecida: ¿en qué momento se jodió el Perú?
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