LOS HUÉRFANOS DEL GÉNESIS

Trujillo de noche es un cuento de Bukowsky, con sus propios guetos y suburbios. Tal vez no sea el accidentado Los Ángeles, pero podría parecérsele. En esta ciudad, cuando la luna se despierta, las calles se desfiguran con la luz mortecina del alumbrado público; los mendigos cambian de turno con los recicladores de basura; y las iglesias cierran sus puertas, para abrirle el paso a otra clase de templos: decenas de bares, discotecas, y salsódromos. Los beatos del día son distintos a los de la noche. El primer grupo sueña con el purgatorio, el segundo, con un vaso de cerveza y con algo de suerte, un par de labios para engañar a la rutina. En la noche, las reglas del juego mutan, los controles sociales quedan apolillados bajo la almohada, y el todo o nada se convierte una nueva religión.
Todo puede cambiar, salvo un detalle: el filo indeleble de las clases sociales, de las etiquetas inquisidoras y los estilos de vida. Por un lado están los acomodados que van a Ama, la discoteca de moda; y por el otro, los ciudadanos clase media y baja que prefieren zapatear en El Estribo -el salsódromo del centro-, u optan por un chupódromo de escaza iluminación. También están los que alimentan sus pupilas y desapolillan sus pasiones en un night club de la avenida Miraflores, o los que se aglomeran en un coliseo de la periferia para escuchar a sus ídolos de la cumbia. Pero lejos de la mirada estigmatizadora del resto, existe otra tipología. Una que escapa de las cárceles oxidadas de la cucufatería y la moral, que deja las máscaras en el armario y se viste de lentejuelas, que manda exilio las reglas del antiguo testamento y reinventan su propia forma de vida. Esta es la burbuja gay de la ciudad; los hijos no asumidos de Verlaine, Rimbaud, Safo, Adriano, y tantos otros.
DE SODOMA A BABILONIA.
Son más de la media noche y la discoteca sigue casi desértica. Es que acá se llena a eso de la una, me comenta el bartender, mientras prepara un mojito. Asiento con la cabeza y volteo hacia la pista de baile. Solo hay una pareja de muchachos –ambos hombres- bailando, y a unos metros, un grupo de chicas coreando ‘Tú me dejaste caer, pero ella me levantó (…)’, con cerveza en mano. A un extremo, asientos de cuero con mesas bajas tipo lounge circundan el lugar. La mayoría aún están vacíos. Mientras tanto, las luces psicodélicas se estrellan contra los espejos empotrados en las columnas, las losetas del suelo, y la barra.
En el extremo izquierdo, un hombre con chaleco de seguridad, botas, pantalones anchos y polo fosforescente resguarda el cordón que separa la zona popular, de la vip. Adentro, largos sillones de cuero rojo, mesas bajas negras y posters de banderas gays decoran el ambiente. La iluminación de esa parte es un tanto más tenue, pero la comodidad parece diseñada al gusto del cliente. El tipo del chaleco de seguridad y polo fosforescente, abre el cordón divisorio e ingresan dos hombres tomados de la mano. Tras ellos, uno de los bartenders lleva una bandeja con una botella de whisky, dos vasos bajos y una hielera. Los muchachos se sientan, encienden un cigarrillo y esperan a que el bartender termine de llenar los vasos. Luego, brindan y le dan un sorbo a su whisky. Uno de ellos lanza un comentario, el otro ríe. Entre tanto, un grupo de muchachos los mira receloso, desde la otra orilla del cordón fronterizo. Quizá aquí uno pueda escapar de los estereotipos inquisidores del génesis, pero jamás, de la regla de oro del capitalismo: if you want more, you have to pay.
- ¿A qué hora sale Sasha? – Pregunta un muchacho acercándose a la barra.
El bartender termina de exprimir un par limones sobre un cuba libre y mira su reloj. – A la una y media- responde. El muchacho asiente y vuelve a su grupo: dos mujeres con camisa a rayas, un muchacho con pantalones estrechos y un hombre maduro con camisa blanca. Están parados a un lado de la pista de baile, con caja de cervezas al suelo.
Entre tanto, otro tipo de seguridad resguarda la entrada principal: una puerta doble cubierta de cuero negro. Un muchacho de unos veinte años, ingresa. Lleva pitillos, polo blanco, zapatillas all stars, y el cráneo rapado por la mitad. Un largo mechón teñido de rojo cae por un lado de su rostro y le roza las mejillas. Los clientes de la barra voltean hacia él, al mismo tiempo que sueltan comentarios al oído entre sí. El muchacho no los mira, ni siquiera registra el lugar. Solo voltea hacia atrás y espera a su grupo: tres tipos de su edad y dos cuarentones.
- Él es Sasha – Le susurra un cliente de la barra a su compañero. Él por su parte, afina la mirada y se la clava al muchacho de las all stars y el cráneo semi rapado. No es para menos: Sasha es la sensación del lugar. La mariposa indomable que abre sus alas cada vez que viste tacones, lentejuelas y escotes. A simple vista, podría ser un muchacho promedio, bastante guapo y con un corte de pelo extravagante. Nada del otro mundo, al menos, hasta que el reloj marca la una y media. Entonces, Sasha dejará de ser Gastón y se convertirá en la Marilyn Monroe del lugar.
Los padres de Gastón no conocen a Sasha. Ni siquiera se la imaginan. Porque Sasha solo es ella misma bajo los relámpagos rojos, verdes y azules de Babylon, la nueva disco de ambiente de la ciudad. Fuera de allí, Gastón vuelve a dominarla y a esconderla. Si en casa se enteran, se armará otra versión de Sodoma y Gomorra. La lluvia de fuego y azufre enviada por la mano divina del Dios de los cristianos, será encarnada por sus padres, y Gastón será expulsado del reino de los cielos. Afortunadamente por ahora, no hay razones para preocuparse. Sasha ha dejado de revolotear por el lugar y ha entrado a su camerino. En veinte minutos comienza el show.
DE LEOPARDOS Y GLADIADORES.
Sasha no es el único espectáculo de la noche. Desde los asientos y la pista de baile, cada uno de los asistentes se convierte en el espectador de su propio destino. Los corazones rotos se subastan al mejor postor, al calor de un par de labios y al efecto de varios litros de cerveza. Las parejas salen del juego y se encierran en su propio oasis. Mientras que los eternos solteros, los desangelados y los divorciados, afilan la mirada hacia sus congéneres. Es sábado por la noche y ha empezado el juego.
Un grupo de muchachas bebe cerveza a un extremo de la barra. Están arrimadas en una circunferencia y bailan unas con otras. Una de ellas hace un chiste, todas ríen. Siguen bailando, mientras voltean disimuladamente hacia sus costados. Si la suerte les echa una mano, podrán encontrar a alguien que se alinee a sus gustos, en alguna de esas miradas rápidas a la arena de juego.
Entre tanto, cinco muchachos beben cerca de una de las columnas de la pista de baile. Un hombre de unos cuarenta años se acerca a ellos y les ofrece un par de botellas de Pilsen Trujillo. Los chicos lo saludan y sueltan un par de palabras. Segundos más tarde, el hombre toma a uno de ellos de la mano y lo saca a bailar. A diferencia de las épocas de Adriano en el imperio romano, acá no es necesario erigir una ciudad en honor al joven amado, sino regalar un par de vasos de cerveza, dar un buen tema de conversación y dejar que las feromonas hagan lo suyo.
Paralelamente, en la pista de baile, otro grupo de mujeres baila dándole la espalda a la barra. Ninguna mira a su alrededor, solo se sirven cerveza y de cuando en cuando, se lanzan susurros al oído. Una muchacha promedio se acerca a una de ellas. Le suelta una sonrisita tímida y un par de palabras. La respuesta de su receptora es rotunda: una negación con la cabeza. La muchacha asiente resignada y vuelve a su grupo. Quizá en el próximo intento haya más suerte. Entre tanto, las descendientes de Lesbos siguen sin prestarle atención al resto. Son las alumnas exiliadas de Safo, la materialización de un mito que fue trastocado por el tiempo. Por supuesto, ahora el amor por las artes griegas y su cultura, ha sido relegado por la fascinación hacia los nuevos estereotipos de belleza fabricados por la sociedad postmoderna. En Babylon, los encuentros se miden en atributos físicos, antes que en sinapsis. Para besar no hace falta hablar.
¿Cómo está mi gente de Babylón? ¿Dónde están mis pasivas? ¿Y mis activas? – La voz metálica y femenina retumba en todos los alto parlantes. Los asistentes dejan de bailar y voltean hacia la barra. Allí está Sasha, vestida con tacones negros, traje de leopardo, un atrevido escote en la espalda, y rayos de escarcha en el cabello. Sus ojos, recargados de maquillaje plateado brillante, fulminan a cualquiera. ¡No escucho! ¿Dónde está mi gente de Babylón? – insiste ella al micrófono, y los gritos se escuchan por toda la pista de baile. Hombres y mujeres levantan las manos, eufóricos. Es el circo romano y Sasha, el único felino capaz de vencer a cualquier gladiador.
De pronto, los altoparlantes reproducen hot and cold de Katy Perry, y Sasha baila desde su pequeña plataforma en la barra. Sus ojos se clavan en el espejo, y su cuerpo se contonea al ritmo de la música electro. Sus piernas se enredan como serpientes en la baranda metálica de su plataforma, su torso se retuerce hacia atrás y sus cabellos le salpican en el rostro. Sus movimientos son naturales y enérgicos. Las pupilas del público lo siguen, hipnotizadas. Algunas parejas se lanzan sobre la pista, mientras Sasha sigue su propio show a través del espejo. No existe nadie más, solo él y su reflejo.

Héctor Acevedo: el arte de soñar.

Héctor Acevedo no pinta, él viaja a través del lienzo. Desde la primera pincelada, hasta el ultimo roce de la veladura con el oleo, los cuadros de Acevedo marcan su propia ruta. El pintor no es el navegante, tampoco la brújula, sino el cuentacuentos de su propia obra. El medio que le da voz y forma a un universo onírico que estalla con sus rojos y azules, fuera del lienzo, del subconsciente del artista, de su propia piel.

EL PRIMER PASO.

-¿Cómo comienzas un cuadro? – Pregunto.

-A veces tengo algo concreto en la cabeza, pero otras veces, no. Como con este que estoy empezando… –Me dice, Héctor, al mismo tiempo que camina ansioso, hacia un rincón de su taller y toma un lienzo de formato mediano. Recién ha comenzado a trabajar en el. El fondo es un blanco salpicado con relámpagos de azules, rojos y naranjas, que viajan de norte a sur y de este a oeste sobre el lienzo. En el medio, la silueta de un caballo a galope comienza a abrirse paso, a través de pinceladas rápidas y fugaces. El cuadro se asemeja más al expresionismo abstracto de Pollock, que al universo onírico (y contrariamente, disciplinado) de Héctor Acevedo. – En este caso, he partido de una manera totalmente libre – continua explicándome, mientras señala los salpicones cromáticos lanzados sobre el lienzo. Sus palabras van atropellándose entre sí, sus dedos se pasean hiperactivos entre el lienzo y su barbilla, su tono de voz es grueso y accidentado, su mirada huye del lente perverso de mi celular. Han pasado menos de tres minutos desde que he encendido la grabadora, y la timidez innata de Héctor ya comenzó a delatarlo. Aun así, nada impide que siga contándome sobre su odio por las texturas brumosas y accidentadas, su técnica con cera de abeja para lograr una superficie delicada y lisa, y su trabajo con barnizados para darle más fuerza a los colores.

– Antes de comenzar con este cuadro, estaba motivado con los caballos – me explica, mientras desliza las yemas de los dedos sobre la silueta del dibujo – Pero, no sé. Puede que este caballo pierda fuerza y salga otro personaje por ahí. Al final, siempre es una aventura.

- Digamos que finalmente, te dejas llevar y te conviertes en un medio de tu propia pintura – Le comento.

- Sí, dejo que el subconsciente haga lo suyo, ¿no? – Responde, y casi simultáneamente, suelta una risa imperceptible.

El taller de Héctor Acevedo es casi caótico. En el suelo, varias gotas de pintura seca juegan a ser las testigos omniscientes de la relación diaria entre el artista y ese universo onírico que viaja por el puente de sus manos hasta convertirse en un trazo, una forma o un color. A un lado, sobre un banquito de madera, descansan la paleta de mezclas y unos cuantos tubos de oleo. Entre tanto, en la pared, decenas de lienzos esperan recostados, la caricia del pincel y el genio creativo e impredecible de Acevedo. La luz natural entra como un rayo por el balcón de la izquierda, y estalla sobre las miradas recelosas y misteriosas de mujeres que no necesitan de labios para hablarnos. Su comunicación va mas allá del sonido y las palabras: se traduce en el coqueteo de los ojos y en los perfiles evasivos y distantes.

LAS MUJERES.

Desde sus inicios, la obra de Acevedo se caracteriza por sus retratos o escenas de mujeres que miran escépticas e indiferentes al espectador de turno, y curiosamente, esconden sus bocas bajo hojas de coca, casitas estilo europeo o cualquier elemento que cohabite a lado de ellas, en medio de la fauna fantástica del lienzo. Esa es su marca, su sello personal. Y por supuesto, le ha costado algunas críticas.

- ¿Por qué siempre tus personajes principales son mujeres?

- Es que la naturaleza femenina es mucho más enigmática. Además, hay un tema de belleza en sus formas. Las mujeres son mucho más plásticas. – Responde, mientras se frota el mentón, pensativo, y sus ojos se pasean por la silueta de tres mujeres vestidas de jinetes. Una de ellas, solo lleva puesto un saco negro para cabalgar; su desnudez es sutilmente velada y se traduce en un erotismo tímido y elegante. – Y también están sus miradas y ese aire de misterio. Supongo que se trata de indagar en esa esencia un tanto desconocida. Es que las mujeres son distintas. Tienen otra aura, creo… - Añade, Héctor, y vuelve a reírse con aire de travesura.

El taller de Acevedo está ubicado en el tercer piso de su departamento y el último, de todo el edificio. Para llegar, uno no solo debe subir decenas de escalones, sino esquivar los pequeños cercos de seguridad para niños, colocados estratégicamente, en la cima de cada escalera. Héctor Acevedo ya no es el soltero bohemio de antaño, sino un artista consagrado que dejó la noche trujillana, por la vida familiar limeña. Sus dos hijos, Luciano y Camila, están dormidos en el piso de abajo. Mientras tanto, nosotros seguimos con la entrevista, rodeados de féminas que nos esquivan la mirada.

- ¿Por qué ese interés por esconderles las bocas a las mujeres?

- Generalmente, los personajes fueron perdiendo la boca a través procesos de creación… Todo parte de los ojos, incluso rebusco en las manchas, una mirada. Es que siempre he sentido que he estado buscando otro modo de comunicación, algo que vaya más allá de lo oral… Quizá, indagar en el plano onírico, en los sueños… Tengo la impresión de que en los sueños no hay voces, sino certezas. – El tono de Héctor es apasionado y acelerado, como si se apresurara por atrapar las palabras, antes de que se le escapen. De cuando en cuando, hace una pausa para buscar la expresión exacta, la frase indicada para conceptualizar su obra. Tal vez, su timidez sea solo el testimonio de una continua huída del lenguaje verbal, para esconderse en el universo velado de las miradas, en esa comunicación casi metafísica donde las voces de sus personajes resultan innecesarias e incluso, inútiles.

- ¿Y las hojas de coca? Normalmente, cubres los labios de tus personajes con ellas…

- Eso es por un ritual muy antiguo del altiplano que me parece maravilloso. Es que a sus muertos les colocan hojas de coca sobre los labios para que se comuniquen con el más allá. Y eso era justo lo que yo estaba buscando, es decir, una forma de comunicación más profunda que la terrestre o la humana.

- ¿Nunca te han juzgado por esa manía de cubrir las bocas? En cierto modo, puede interpretarse como que quieres callar a las mujeres...

-Sí, claro que sí... De hecho, incluso mis amigos me decían que yo dibujaba a la mujer perfecta, porque no hablaba. – Héctor suelta unas cuantas carcajadas. Ahora habla un poco más suelto. Al parecer, la grabadora ha dejado de intimidarlo - Y bueno, también hay quienes se indignan porque creen que mi pintura puede ser un tanto machista. Pero mi intención no es esa. No pretendo acallar a las mujeres ni a nadie, es solo que mis personajes expresan más sin boca que viceversa. Como te digo, todo está en la mirada.

EL MATRIMONIO.

Puede que la última exposición de Héctor Acevedo haya marcado un antes y un después dentro de su obra. En este caso, los formatos grandes y las escenas con varios personajes, se impusieron sobre sus antiguos formatos pequeños y retratos de una o dos mujeres. La narrativa iba más allá de una mirada, sino que se componía como el relato de una escena, e incluso, un cuento. Paralelamente, sus mujeres abandonaron los típicos vestidos escotados, para cambiarlos por trajes de novias. La marca de Héctor seguía allí, pero la evolución era evidente.
- ¿Cómo crees que ha marcado en tu obra el hecho de casarte y ser padre?

-Bueno, ya no hago tanta bohemia como antes. Así que puedo trabajar más.  Además, yo estoy todo el día aquí en mi taller, mientras mis hijos van al nido o juegan en el parque, y Melisa (su esposa) está en el trabajo. Supongo que ha sido muy productivo casarme. 

Héctor Acevedo confiesa que es imposible que un artista se desligue de sí mismo, de su experiencia, de su percepción del mundo y de la carga emocional del momento. Y puede que su obra configure un testimonio de ello. Cada uno de sus elementos, maneja un discurso independiente y a la vez, cómplice con el resto de los seres fantásticos que fluyen sobre el lienzo. Sus contenidos pueden ser de crítica contra los típicos rituales sociales o la misma iglesia, o un chispazo personal sobre sus propios miedos, intuiciones y pasiones. Todo esto, cuidadosamente ordenado en un universo donde los ángeles pasean en bicicleta y María recibe la anunciación, ya embarazada. En la pintura de Héctor cualquier cosa puede suceder.

- ¿Crees que el matrimonio también haya marcado una nueva pauta en los temas de tu pintura? En tu última exposición, Testigos de la noche, la mayoría de mujeres estaban vestidas de novia.

- Claro, es que se trata de toda una época. Por ejemplo, a mi edad, yo crecía que casarme iba a cortar las alas y la libertad. Pero en realidad, fue al contrario… De hecho, el matrimonio me ha dado otro tipo de libertades, otras maneras de volar dentro de mi interior.

PARA TERMINAR.

- ¿Qué artistas han influido en tu obra?
- Creo que los clásicos como Velásquez, Rubens o Caravaggio. Sus manejos de la luz y la composición son increíbles… Ellos me han servido muchísimo con el tema de las miradas.

- ¿Cuál es tu cineasta preferido?
- Woody Allen… No sé por qué, pero él siempre logra conmoverme.

- ¿Y qué hay de Bergman? Su fotografía es como un lienzo en vivo.
- Sí, es cierto… Pero si hablamos de preferidos, me quedo con Woody Allen.

- ¿Escritor Preferido?
- Eielson.

Minutos después, Héctor sirve dos copas de vino y comienza a hablar sobre el grupo Cloaca, un mini colectivo de artistas contestatarios de los años ochentas. También admite que su obra es bastante clásica en contraste con las instalaciones que están de moda en Europa. Su tono de voz ha vuelto a la normalidad y su risa se estrella contra las paredes. Luego de un rato, Melisa, su esposa, llega con una bandeja de quesos, jamón y aceitunas. Héctor rellena las copas de vino y me cuenta sobre su interés por indagar en el plano erótico. Sus dos hijos también aparecen y comienzan a corretear entre los sillones de la sala. Puede que la entrevista haya terminado, pero la botella de vino aún está por la mitad.

EL ARTE DE MORIR

"Morir es un arte, como todo. /Yo lo hago excepcionalmente bien. /Tan bien, que parece un infierno. /Tan bien, que parece de veras. /Supongo que cabría hablar de vocación....", escribiría Sylvia Plath, algunos meses antes del 11 febrero de 1963, cuando encontraron su cadáver atrincherado en el horno de su cocina. Luego de dos intentos fallidos, logró consumar su vocación: la del suicidio. Tenía treinta años.

Sylvia Plath, conocida como una de las poetas norteamericanas más representativas del siglo XX, peleó con las afiladas esquinas de su maniaco-depresión desde niña. Sus diarios, escritos a partir de los once años, desnudan el diálogo entre ella y sus demonios internos. “Tienes miedo a quedarte sola con tu propia mente (…).No puedo ignorarla, sé que está aquí, la huelo y la siento”, anotaría después de su primera aproximación al purgatorio, a los 19 años.

Su poesía, íntima y desgarradora, actuó como un último manotazo de ahogado contra la muerte. Incluso con un carnaval de éxitos literarios colgados de su ventana, Plath decidió arrancar el problema de raíz y asfixiarse con gas, luego de dejar dos vasos de leche a lado de la cama donde dormían sus hijos, y escribir una nota destinada a Trevor Thomas, su vecino, con el número de su médico personal. La razón de la última carta, antes que apostar por una posible salvación, era la de prevenir, por si el aire tóxico llegara al cuarto de sus niños.

En los diarios de Plath, podemos descubrir una infancia marcada por la dura convivencia con sus padres. Otto Plath, su progenitor, era un alemán enraizado en las ideas del nazismo, al que Sylvia describiría como “un autócrata… yo le amaba y le despreciaba a la vez, y probablemente deseé muchas veces que estuviera muerto”. El odio hacia su padre se desviste mucho más en el poema ‘Daddy’, escrito para él, luego de varios años de su muerte. La poesía concluye de un modo visceral: “Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada”.

Por otro lado, la figura de su madre sería, para Plath, uno de los leit motiv dentro de su literatura. A lo largo de su vida, la poeta le escribiría una gigantesca colección de cartas que describían sus éxitos, temores y problemas diarios. Después de su separación con Ted Hughes –poeta bastante reconocido en aquellos años-, su madre le propondría que vuelva a vivir con ella. La respuesta de Sylvia fue negativa. Según muchos, el rechazo estaba vinculado a una supuesta influencia de su progenitora en el primer intento de suicidio de la literata. A los 19 años, Plath escribía ansiosa y enloquecida, por la necesidad de conseguir un reconocimiento en el universo de las letras. Su alarmante desgaste físico y mental, entremezclado con sus crisis nerviosas, llevaron a Sylvia a un peligroso laberinto: la joven poeta ingirió una fuerte cantidad de tranquilizantes en el sótano de su casa. Minutos antes, había dejado una nota en la que comunicaba que estaría dando un largo paseo en el parque. Luego de una ardua búsqueda, su madre y algunos vecinos, la encontraron inconsciente entre mares de vómito, en un rincón del depósito subterráneo. Posteriormente, fue internada en hospital McLean, donde siguió una terapia con electroshocks (técnica para tratar problemas psiquiátricos, popularizada en aquella época). Para los allegados de la poeta, fue su madre quien la presionó para que escribiera a ese ritmo demencial.

Aún así, psicólogos como Helen McCormack, han estudiado muy de cerca el suicidio de Sylvia Plath. Muchos se han inclinado a la posible influencia de los últimos acontecimientos de su vida: antes de mudarse a un departamento inglés con sus hijos, Silvya encontró in fragante a Hughes con Assia Wevill. Los celos enfermizos de Plath no soportaron la infidelidad de su esposo y abandonó la casa de campo que compartía con él. Asimismo, el invierno londinense del 62-63 fue uno de los más devastadores en los últimos cien años, sus niños padecían fuertes gripes y Path respiraba con dificultad a causa de su eterna sinusitis. Aunque este periodo actuó un relámpago creativo en su producción literaria, el peso de su inspiración era demasiado hondo. En sus versos, se puede percibir un ritmo rápido, nervioso y atormentado. “La mujer alcanzó la perfección./ Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de la realización,/ la apariencia de una necesidad griega/ fluye por los pergaminos de su toga,/ sus pies desnudos parecen decir,/ hasta aquí hemos llegado, se acabó”.

El suicidio es un fantasma constante en la historia de la literatura universal. En muchos de los casos, los trastornos bipolares o maniaco-depresivos han sido el detonante para este tipo de medidas apocalípticas. Según psiquiatras como el norteamericano Key Redfield Jamison (que, coincidentemente, padece esta enfermedad), un maniaco-depresivo llega a asociar cadenas de pensamientos de manera fugaz e intermitente, consiguiendo una increíble capacidad creativa. Este periodo comprende la fase ‘maniaca’, mientras que la ‘depresiva’ es la inmersión del individuo en una desoladora marea que lo desarticula por completo. Pese a esto, aún no se ha confirmado una estrecha relación entre los deseos suicidas y la producción artística.

Nueve años después de la muerte de Sylvia Plath, en un departamento de Buenos Aires, una de las escritoras ícono de la poesía femenina en Latinoamérica, ingirió cincuenta pastillas de Senocal sódico. Alejandra Pizarnik tenía treinta y seis años cuando escribió en un pizarrón “No quiero nada más que hasta el fondo”. La nota fue hallada a lado de su cadáver, en un cuarto repleto de muñecas rotas, hileras de libros, alfombras de papeles con poemas, y lápices de colores.

En los últimos meses de su vida, Alejandra se recluyó en su departamento y cortó su cordón con el universo. Muchos de los poemas que escribió en este lapso, son versos rápidos e incoherentes, que llegan a rozar con la locura. Había intentado asesinarse con un coctel de barbitúricos pero, fue encontrada inconsciente e, inmediatamente, hospitalizada. Luego, sería internada otras cinco veces en el Hospital Psiquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En la última hospitalización, la poeta pide permiso para pasar el fin de semana en su piso. El pedido es aceptado y el veinticinco de setiembre de 1972, dos días después, la escritora es encontrada muerta en su cuarto.

Sus diarios fueron recortados arbitrariamente por su familia, en el intento de esconder la homosexualidad de Alejandra. Otros escritos, también fueron editados por la misma poeta. Empero, dejó varias notas en las que desviste su deseo escapista por la muerte. Un año antes de su suicidio, escribe: “abandono de todo mi plan literario… Las palabras son más terribles de lo que sospechada. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.

Desde hacía un tiempo, Pizarnik había perdido su fe incondicional por las letras. Aun con su disciplinado estudio del lenguaje y su maniática tendencia a escarbar entre las palabras exactas, Alejandra -cargada de frustración- concibe una irremediable decepción por la poesía: “dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”.

La depresión de la autora de “la extracción de la piedra de la locura”, aparece desde la adolescencia, cuando su odio a los espejos y su endemoniada ansiedad, le crean una adicción a las anfetaminas. Alejandra toma este tipo de fármacos para pelear con su sobrepeso y sostener sus noches de insomnio durante sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su simbiótica relación con los cigarrillos también se consolida en este periodo.

A lo largo de su vida, Alejandra peleará contra su baja autoestima en el plano de la literatura. Su increíble genio para la poesía y la prosa, la convierten en una de las nuevas exponentes de la escritura femenina del siglo XX. Su ego y su amor propio conviven en una guerra irremediable.

Amiga de Cortázar y Octavio Paz, Pizarnik viaja dos veces a Paris. En la primera, escribe “Los Trabajos y las Noches” y “La extracción de la piedra de la locura”, aunque los publica en su retorno a Buenos Aires. También, trabaja editando distintas publicaciones y aportando, a modo de freelance, en Sur de Argentina. Su estadía en Francia, guarda un estrecho (y repetitivo) parecido con la de Vallejo o Márquez: enraizada en su literatura, con los bolsillos y el estómago vacío, entre las cuatro paredes de un cuarto de mala muerte. Aún así, Alejandra describirá sus días parisinos como una de las mejores épocas de su carrera. “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, –y– lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.

Su segunda visita a Francia es un fracaso. Alejandra nota un cambio en la cultura parisina y un quiebre en “su antiguo encanto literario”. Se encuentra con un Cortázar mucho más político que escritor y, consecuentemente, programa su regreso a Argentina. Allí, conseguirá un corto periodo de estabilidad, hasta volver a caer en sus mortales sueños fuga. En su último poemario, “el infierno musical”, sus demonios suicidas se escurren con demasiada claridad. “El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio (…)”.

La soledad es otro de los fantasmas que persiguen a Alejandra durante sus mutilados treinta y seis años. Su poca estima y ritmo desmesurado en la poesía, convirtieron a Pizarnik en una mujer independiente y ajena a relaciones duraderas. Aunque su espíritu solitario pudo ser el motor de su genialidad literaria, también podría ser el hueco de su propia tumba. “Yo no sé de pájaros,/ no conozco la historia del fuego./Pero creo que mi soledad debería tener alas.”

La particularidad del suicidio no se sostiene en sus formas sino, en sus motivos. Aunque la depresión es el impulso más común en este tipo de decisiones, también existen otros móviles salpicados por una escalofriante extravagancia. Andrés Caicedo, escritor Colombiano de los años sesenta, se atiborró con 60 pastillas de Senocal, luego de recibir el primer original de su última novela, “¡Qué viva la música!”. Su réquiem estaba escrito por él mismo, años antes, cuando declaró que “vivir más de veinticinco años era una insensatez”, exclusivamente si ya se ha dejado un sello personal en la historia. El cuatro de marzo de 1977 encontraron su cuerpo inerte a lado de su máquina de escribir. Tenía veinticinco años y una trascendencia asegurada.

Caicedo fue una promesa desde pequeño. A los trece años ya escribía prosa y poesía, y a los quince, consiguió un premio internacional a raíz de un cuento que mandó a la revista ‘Imagen’ de Caracas. Su obsesión por la escritura, se convirtió en una disciplina casi esclavista que lo obligaba a pasar cinco horas diarias frente a un ejército de páginas en blanco. Conocido –gracias al periodista chileno Alberto Fuguet- como ‘el asesino de Macondo’, Andrés Caicedo clavó un quiebre en la literatura colombiana y el, bastante manoseado, realismo mágico. “Mientras García Márquez, el mismo año, se maravillaba con las mariposas amarillas, Caicedo se obsesionaba con Travis Bickle y Taxi Driver”, escribe Fuguet, acerca del autor.

Además de las letras, Caicedo fue un cinéfilo en potencia. Incluso dentro de su narrativa, la perspectiva cinematográfica aparece claramente entre líneas. En 1973, Andrés viaja a Estados Unidos con cuatro guiones suyos bajo el brazo. Su finalidad era entregárselos al cineasta Roger Corman y rodar las películas, sin embargo los guiones nunca se cruzaron con los ojos del director. “Es un medio muy difícil y enmarañado, y la parte que está metida en Hollywood no se anima a colaborar por miedo a la competencia”, anota Caicedo en una carta a su madre.

El teatro también formó parte del estandarte de pasiones de Andrés Caicedo. A los veinte años, el autor ya había escrito varias obras teatrales, además, participó como actor y asistente de dirección, en repetidas ocasiones.

La vocación de todista de Caicedo, provocó una serie de trabas en su carrera literaria. “La pluralidad de quehaceres ha sido uno de los motivos para que yo no desarrollara ninguno a cabalidad”, confiesa Andrés en su libro autobiográfico, ‘mi cuerpo es una celda’.

Pese a eso, el estilo fresco, directo y dinámico de la literatura de Caicedo, consiguió voltear la mirada de varios críticos y lectores latinoamericanos. De este modo, y con su obra maestra entre manos, Caicedo decidió no cometer ‘la insensatez’ de vivir más de veinticinco años.

La palabra suicidio viene del latín ‘sui caedere’, es decir, ‘matar a uno mismo’. Mientras que para muchas religiones, es uno de los pecados más graves e imperdonables, también existen culturas que lo consideran como un escape honorable frente a situaciones humillantes o dolorosas. Ese podría ser el caso del escritor polaco Jerzy Kossinski.

Tres de mayo de 1991. Jerzy Kossinski, el autor de ‘el pájaro pintado’ y ‘desde el jardín’, se prepara un vaso de ron con coca-cola, mientras espera que el agua de su bañera llegue al nivel deseado. Konssinski acompaña un par de tragos de su bebida, con varias pastillas de barbitúricos. Acto seguido, entra a su jacuzzi y se anuda una bolsa plástica en la cabeza. A su lado, ha dejado una nota: ‘Voy a dormir ahora un rato más largo de lo usual. Llamemos a ese rato Eternidad”.

Las especulaciones acerca de su suicidio aparecen casi de inmediato. Algunos sostienen el detonante de su decisión fueron las acusaciones de plagio de las que fue víctima, otros creen que se trata de la desolación frente a su reciente diagnóstico de graves problemas cardíacos, y un último grupo explica lo sucedido en base a su incapacidad de no poder escribir más. La muerte de Konssinski se convierte en una comidilla mediática.

Luego de ser exiliado de Polonia, Jerzy se instaló por completo en Estados Unidos. Las críticas contra su novela ‘El pájaro pintado’ retumbaban en medios impresos de Europa y Norteamérica. Los polacos –incluso aquello que nunca leyeron su libro- estaban enfurecidos por la imagen de Polonia descrita en el libro de Kossinski. El escritor, en su defensa, alegaba que su obra no seguía un carácter autobiográfico y que las imágenes perseguían un fin metafórico antes que, literario. Incluso, George Reavy, poeta y traductor neoyorquino, se declaró como el verdadero autor de ‘El pájaro pintado’. Por suerte para Kossinski, dicha ‘confesión’ no consiguió credibilidad en la prensa norteamericana aunque, las denuncias de plagio aparecieron como una cadena infinita hasta sus últimos años de vida.

Las razones del suicidio de Kossinski, son iguales de inexactas que las sostenidas alrededor de las muertes de Plath, Pizarnik, o incluso, Caicedo. Si la creatividad humana es capaz de acercar a un individuo, a un paso más del auto-aniquilamiento, es una asignatura pendiente para los psiquiatras e investigadores especializados. Empero, no puede negarse que el recorrido de la literatura universal está salpicado de muertes auto-conducidas o accidentes bastante sospechosos. ¿Es probable que la poesía, antes que canalizar las emociones del autor, las agrave mucho más?.

LA ESPAÑA DE SUDAMÉRICA

Desde hace más de dos siglos, Sudamérica fue el escenario de miles de batallas para conseguir la independencia de cada uno de los países del continente. En Brasil se rebelaron contra Portugal, en argentina, Chile, Bolivia, Colombia y Perú, la pelea fue contra España y décadas después, las Guayanas lograron librarse de Francia. No importa cuáles fueron los verdaderos intereses de los libertadores, tampoco quiénes los financiaron: nuestro continente rugía como una bestia que echaba a sus depredadores de su territorio. Era el comienzo de una nueva era, de decenas de jóvenes repúblicas que a partir de ese momento, debían sobrevivir en medio de la ruina y las deudas que les dejaron – a modo de herencia o de castigo- sus colonos. Todas las ciudades se levantaban orgullosas y miraban de reojo a sus antiguos esclavistas. Todas, menos una.

A orillas del pacífico y ligeramente al norte del continente, una ciudad enfureció para siempre. Aunque su independencia fue celebrada en plena plaza de armas, y sus grandes criollos seguían jactándose de la nobleza de sus apellidos y disfrutando de los privilegios ganados en el virreinato; la incertidumbre y el miedo comenzaba a escurrirse bajo las almohadas de sus señores feudales: España no demoraría en abandonarlos por completo.

Y tenían razón. Un siglo y algunas décadas después, Trujillo se partió en dos. Los nostálgicos españolizados se aferraron y se apolillaron en el centro de la ciudad, mientras que en la periferia, los cholos, mestizos, zambos, serranos, negros y chinos conquistaron el desierto y construyeron su futuro sobre una nueva religión: el sueño norteamericano. Los del centro tenían el apellido y los bolsillos vacíos, los de afuera eran huérfanos amnésicos que poco a poco, se convertirían en la masa pujante y emergente del país. Para ellos, España era solo un mito, un borrón en el pasado, incluso una piedra en el zapato.

Pero, los hijos de Pizarro y Almagro no se quedaron de brazos cruzados: si Europa los había abandonado, ellos la fabricarían a sus gustos y conveniencias. El resultado fue escalofriante: una gama de fiestas y costumbres descontextualizadas comenzaron a invadir el calendario de la ciudad. Las bisnietas del virreinato se disfrazaban de majas españolas, mientras que algunos trujillanos cualquiera se batían en duelo con vaquillas escuálidas que hacían el rol de toros embravecidos. Por otro lado, las desenfadas y provocativas danzas de los negros y mestizos, fueron relegadas por el discreto coqueteo de la marinera norteña. Además, se excusó la ausencia de estaciones climáticas en la ciudad, argumentando de un modo casi esquizofrénico que Trujillo era en único lugar en el mundo donde la primavera era eterna. Era el inicio del segundo virreinato de la ciudad.

LA MURALLA IMAGINARIA.

A fines del siglo XVII, el ingeniero italiano Joshep Formento entregó y firmó el plano de una gigantesca muralla que rodearía a la ciudad y la protegería del ataque de los corsarios y piratas. El documento fue recibido por el cabildo de Trujillo y posteriormente, remitido al excelentísimo duque de la Palata, principe de Massa y marqués de Tolva. Meses después, la carta sería devuelta con la aceptación de las autoridades españolas correspondientes.

Consecuentemente, el cabildo acordó que el financiamiento de la construcción correría a cuenta de los bolsillos de los grandes personajes y hacendados de la ciudad. Mientras que la mano de obra sería una obligación de los indios robustos de Moche, Mansiche, Cao y Huanchaco. Por cada ochenta y cinco adobes, se les pagaría tres reales.

Era 19 de febrero de 1687 y una decena de indios se reunían en la periferia de la ciudad para empezar con la jornada de trabajo. Rodeados de adobes y bajo la supervisión de los alcaldes Bartolomé Martínez de Jarabeitia y Fernando Ramírez de Orellana, y el ingeniero Formento, trabajarían días enteros cargando y superponiendo gigantescos bloques de adobe, para luego pintarrajearlos y pulirnos según el diseño. Algunos se encargarían de los levantar los muros, mientras que otros edificarían las bases y las columnas para las quince torres que vigilarían la ciudad. Por otro lado, un último grupo se ocuparía únicamente de talar, pulir y colocar los cinco portones que abrirían el paso a nobles forasteros y lugareños, y se cerrarían en las narices de sus propios constructores.

Luego de más de dos años, el proyecto fue inaugurado entre ovaciones, vitoreos y detalles sin concluir. Mientras que las murallas recorrían como serpientes la distancia entre cada torre, los frentes de defensa permanecían relegados a una función puramente estética. Los fosos y terraplenes jamás fueron construidos. Al mismo tiempo que la arquitectura barroca y rococó envolvía como un cordón gigantesco a la ciudad y vigilaba con desprecio a los pueblos vecinos. No importaba si Trujillo seguía desprotegido frente a un posible asalto de piratas. Ahora podía defenderse de la invasión mestiza, zamba, negra y mulata. Era el comienzo del exilio.

- ¿Crees que la Gran Muralla todavía sigue existiendo de un modo imaginario? - Pregunto.

- Es que todavía encierra lo “tradicional” en Trujillo. Ese muerto que se esfuerza por resucitar, pero que ha perdido cualquier importancia. Ahora es solo un guiño. – Me responde Ricardo Pinedo, mientras salimos de la calle San Martín y cruzamos la avenida España. En el mapa actual de la ciudad, esta avenida se configura como un cordón invisible ubicado en el mismo lugar donde hace más de trescientos años, se construyó la Gran Muralla. Ahora, a un poco más de un siglo de la destrucción de la gigantesca fortaleza, España sigue protegiendo a sus tataranietos y sus casonas.

Más adelante, luego de cruzar la avenida, una escuálida callecita comienza a abrirse casi a oscuras, hasta conectarse con la avenida Juan Pablo II. Es la calle Torre Tagle, bautizada así en honor al hombre que proclamó la independencia de Trujillo. Todo parece indicar que los huérfanos de España castigaron al libertador por su atrevimiento, y lo expulsaron fuera del cadáver de la antigua muralla y consecuentemente, del centro histórico de la ciudad.

Entre tanto, en el interior de la agónica fortaleza, los apellidos Pizarro y Almagro se han convertido en las calles principales del centro histórico. Trujillo ha idolatrado a los genocidas que asesinaron el pasado pre histórico del incanato y esclavizaron a los verdaderos dueños del país. Los mismos que aparecen como incómodos antepasados en el árbol genealógico de ese Trujillo criollo que aún ahora, se atrinchera dentro de sus casonas y de su nostalgia por esa Europa que lo abandonó sin piedad.

Paralelamente, a afueras de los antiguos portales, el nuevo enemigo de los trujillanos españolizados ha instalado sus propias fortalezas de cemento, eternit, plástico o triplay. No se trata de una banda de piratas, tampoco de los indios o campesinos de Mansiche, Moche y Cao. Por el contrario, la nueva amenaza es capaz de mover más dinero que el oxidado aristócrata y de levantar negocios del mismísimo polvo. Este es el descendiente directo del peruano ignorado que migró a la costa soñando con un mejor plato de lentejas. He aquí, el comerciante emergente que ha dominado las orillas de la avenida España con sus colosales mercados mayoristas y sus emporios comerciales plagados de colores chillantes y vendedores ambulantes.

Quizá ellos no conozcan de pasados, mucho menos de la existencia de un Pizarro, un Almagro o incluso, un Colón. Pero es justo esta masa de ciudadanos la que en los últimos veinte años, ha comenzado a mover cerca del 95% de la micro-economía del Perú, y ha patentado el nuevo motor del aparato empresarial de nuestro país: la micro empresa.

Mientras tanto y a modo de consuelo, los apolillados herederos de España encuentran refugio en el carnavalesco abanico de fiestas, desfiles y ceremonias creadas por y para ellos, a partir de una extraña simbiosis entre algunas costumbres españolas y el ingenio local.

LA ESPAÑA ALEGÓRICA.

En el mes de marzo, un pedazo de España cae estrepitosamente sobre el balneario preferido de la aristocracia trujillana. El fenómeno se escurre en cada rincón del pueblo. De pronto, las casas se salpican de rojo y en las veredas, ancianas, adultas, adolescentes y niñas se convierten en majas españolas que blanden sensualmente sus abanicos, al mismo tiempo que disparan un arsenal de sonrisas pícaras y disforzadas contra sus galanes. Ellos, vestidos de jeans, bermudas o shorts, polos blancos y un característico pañuelo rojo rodeándoles el cuello, beben cervezas a barriles y juran batirse en duelo con los embravecidos toros que serán soltados a cortesía de alguna empresa de embutidos. Por un momento, pareciera que el Perú contemporáneo ha sido trastocado por un nuevo mestizaje entre trujillanos de clase media - alta y españoles de comienzos del siglo pasado.

Luego del galanteo y las bebidas a cuenta de la casa, una decena de gritos de alarma se estrellan contra los tímpanos de los asistentes: ¡La Pamplonada!, ¡Comenzó la Pamplonada! Súbitamente, una veintena de vaquillas escuálidas y veteranas corren aterradas por la pista del balneario, mientras los nobles caballeros huyen sobre las graderías, los muros o los balcones de las casonas. Ha comenzado el reto entre el hombre y la bestia. El espectáculo principal de la Feria de San José.

El desenlace de tan temible duelo se desarrollará en la arena del coliseo. Allí, una decena de adolescentes de cada playa aldeana pretenderá esquivar con una capa roja de toreo, a la vaquilla de turno. Después de marear al flacuchento cuadrúpedo, un torero criollo aprovechará el pánico para cobrar la estocada final. Simultáneamente, la tribuna entera se levantará y coreará sedienta de sangre, una ovación al valiente tauromaníaco. El siguiente paso será mutilar una oreja del animal y con eso, consagrar a los asistentes como los verdaderos herederos de una España tan desfigurada como descontextualizada.

El fin de García

Cada fin de gestión está plagada de manotazos de ahogado y esta no es la excepción. Sucedió en los noventas, con un Fujimori convertido en héroe circense y caradura que perseguía a Vladimiro Montesinos desde mototaxis, combis y camionetas cuatro por cuatro, por el norte del país. Y ocurre ahora, con un estallido de inauguraciones de obras a diestra y a siniestra que pretenden aumentar el porcentaje de aceptación de nuestro actual presidente. No importa si esas apresuradas celebraciones le costarán millones al Perú, tampoco, si la deuda interna ha engordado olímpicamente en los últimos meses. Lo único que parece interesarle a Alan García es su regreso al sillón de Pizarro en el 2016. Es decir, limpiar en dos semanas, lo que se embarró durante cinco años.

De este modo, mientras la alcaldesa de Villa María del Triunfo, Silvia Barrera, amenaza con clausurar el Tren eléctrico por no cumplir con las medidas de seguridad requeridas para este tipo de transporte, el señor García se esfuerza por mostrar su mejor sonrisa, calificar a sus opositores como ‘anticristos’, y buscar salvación en datos macroeconómicos que nunca llegaron a los bolsillos de ese Perú pujante que fue arbitrariamente olvidado por esta agonizante gestión. Todo esto, en medio de un cargamontón de transgénicos ingresando por la puerta grande a nuestro país.

Entre tanto, una encuesta medida por la PUCP señala que el nivel de rechazo al gobierno de Alan García es el 62%, y las probabilidades de que esos resultados se reviertan parecen ser una de un millón. Quizá García debió darle un repaso a la historia y comprender que una avalancha de obras semi terminadas no es la estrategia correcta para ganarse una visa a la reelección. No le funcionó a Toledo ni a Castañeda, y no sucederá lo contrario con su mandato. Mucho menos, si en su repertorio ha demostrado su escaza lucidez, ingenio y humanidad para prevenir, manejar y solucionar conflictos sociales como los ocurridos en Bagua, en Islay y en Puno. ¿O acaso, llamar ‘ciudadanos de quinta categoría’ a aguarunas y aymaras, es sinónimo de calidad política? ¿Y qué hay de la imperdonable muerte de más de 300 peruanos que se enfrentaron entre sí, bajo órdenes de su ministerio del interior?

Paralelamente, el Apra y Fuerza 2011 siguen susurrando la probabilidad de un indulto por razones humanitarias, a uno de los genocidas más grandes de la historia nacional. Una vez más, la Corte Internacional de los Derechos Humanos es escondida bajo la alfombra y las alianzas políticas vuelven a protagonizar otro vergonzoso episodio nacional. Toledo, en un rayo de brillantez, no pudo decirlo mejor: Si Alan García, indulta a Fujimori, se convertiría en un cadáver político. Empero, parece que a nuestro presidente no le quedó muy claro.

Es así como, dado que la candidata preferida de García no será su predecesora, el burgomaestre ha decidido dejar las cifras en rojo para el próximo presidente. Además de una gigantesca deuda a los fonavistas y pensionistas, Ollanta Humala deberá enfrentarse con un reducido presupuesto en saneamiento que ya fue liquidado por García en los últimos días: más de mil millones de soles han sido transferidos a los gobiernos regionales y locales, incluso cuando una medida de esa característica suele realizarse en el mes de setiembre o octubre. Por otro lado, el vitoreado tren eléctrico se quedará sin energía en diciembre, y solo contará con tres trenes para toda Lima hasta el 2013.

En este contexto, es probable que ni siquiera Dos Santos, se atreva a vaticinar una posible vuelta de Alan García al sillón de Pizarro. Por ahora solo queda desear que el próximo presidente no cometa los mismos errores que le han regalado a García una posible jubilación política.

El circo de las repeticiones.

La historia avanza en círculos. No importa cuánto corra, tampoco es relevante el uso de alguna brújula, lazarillo o GPS que le guíe el paso. El destino de todos los tiempos no variará en absoluto: siempre se estrellará contra el mismo punto de partida. El momento exacto, poético y apocalíptico en que nuestros gritos se levantan en unísono y la incertidumbre se escurre bajo nuestras almohadas. Esa minúscula parcela de tiempo que nos otorga la ilusoria probabilidad de cambiar nuestros destinos, de lanzarnos a la suerte y explotar nuevos contextos, de salir del hoyo.

Pero, esto no es una película de Hollywood con un empalagoso happy end. Este es el mundo real y acá, queramos o no, las reglas de juego son distintas. Acá nunca salimos del hoyo.

Es así como, las clases media y alta se vacunan contra el remordimiento, olvidan de los 15 000 peruanos que fueron torturados y/o asesinados en la década de los noventas, y arman comitivas muy al estilo de la China Tudela, para regalar saquitos de arroz y alimentos no perecibles, además de uno que otro polito y un billetito de diez soles, a los más pobres. A esos huérfanos de dioses que tuvieron la mala suerte de nacer en un arenal y desmintieron el mito del niño que nace con el pan bajo el brazo. Esa inmensa mayoría que a pesar de lucir barrigas vacías, tienen el poder: ellos son la masa de votantes más grande del Perú. Con ustedes, la santísima caridad de nuestra oxidada y eterna aristocracia.

Por supuesto, un cargamento olímpico de víveres no es suficiente para manejar el rebaño electoral. Todavía hacen falta más estímulos para inmiscuirse en sus subconscientes, y agregar, suprimir, y modificar todo tipo de recuerdos, juicios y convicciones. Afortunadamente, la prensa también baila al compás de la obesidad de los bolsillos y con un poco de ingenio y palabreo, nuestra queridísima oligarquía puede manejar sus lineamientos políticos, recordarles quién manda aquí y convertirlos en magníficos compositores y directores de orquestas de psicosociales varios.

Entonces, Mónica Delta se declarará la gran inquisidora de los Humala, y escupirá preguntas, pruebas descontextualizadas y malinterpretaciones varias, plagadas de una acidez tan naranja como sobre actuada. Paralelamente, se olvidará de las lágrimas que desfiló frente a cámaras, luego de que se descubriera a Shultz describiéndola como un obediente títere dispuesto a mejorar la fama de Fujimori, en una de sus tantas conversaciones con Montesinos. Todas ellas, registradas en esa suerte de película de serie b tipo policiaco, llamadas con poca creatividad: Vladivideos.

También nos encontraremos frente a un justiciero Lúcar que esconde bajo la alfombra su actuación en la revista Dominical: el único medio que sospechosa y casualmente, se daba de bruces con las mejores primicias de política, entrevistas exclusivas con Montesinos y Fujimori, e imágenes inéditas del SIN. Todo esto, además de cortarse la lengua para no tocar temas incómodos y vanagloriar los supuestos logros del gobierno fujimorista. ¿Y cómo olvidar a la señora Rosa María Palacios? La exitosa periodista que trabajó para el canal de Montesinos y aceptó gustosa la abnegada tarea de redactar el plan de gobierno del señor Urtado Miller.

Si a esto le agregamos una dosis de Bayly y su enardecida obsesión con Humala, y dos cucharas de Aldo Mariátegui y su sorprendente habilidad para relacionar al candidato de Gana Perú con el Mrta, Chávez, Osama Bin Laden, el anticristo, Sendero Luminoso y el terremoto en Japón, tendremos una perfecta pócima capaz de propagar una pandemia de alzheimer sobre los pueblos jóvenes, las zonas rurales y -¿por qué no?- las universidades.

De este modo, la historia volverá al inicio una vez más, y los peruanos seguiremos aferrados a la resignación y la tolerancia a ciegas. Los grupos colinas y los robos a arcas nacionales y donaciones extranjeras, regresarán para quedarse y los derechos humanos serán mutilados bajo la fachada del estado de emergencia. El pasado volverá con vestido de presente y nosotros, persistiremos en el intento de hallar respuesta a una de las interrogantes más complejas de nuestra realidad nacional jamás esclarecida: ¿en qué momento se jodió el Perú?

El hipódromo electoral.

Nuestro circo electoral se ha convertido en una caza de brujas, y nosotros, en los tímidos espectadores de las funciones terroríficas de la prensa nacional. Así, mientras que por un lado están los samaritanos discursos en defensa de la democracia y otros cuentos, en la otra esquina nos encontramos con los apocalípticos, inexactos y sospechosos resultados de las encuestas. Todo esto, en medio de un nido de intereses capaces de comprar, amenazar o despedir a cualquier periodista que no se adapte a la línea política de los medios y sus patrocinadores.

Es decir, al mismo tiempo que en los noticieros televisivos y en las páginas de los diarios más influyentes del país, se catapulta al Perú a un destino incierto donde los productos escasearán, la libertad de prensa será asesinada (¿más que ahora?), la inversión extranjera huirá como un ratón asustado, la constitución –la misma que fue creada en medio de un golpe de estado- será cambiada a favor de un demonio chavista; en las encuestas se sigue secundando el pánico: la amenaza lleva la delantera. ¡Actuemos rápido!, saquemos del aire a los periodistas como Raúl Tola y Patricia Montero, mandemos a uno de nuestros reporteros a grabar una nota sobre la escasez y la delincuencia en Venezuela, y contratemos a un periodista polémico dispuesto a bombardear al enemigo, en un programa dominguero improvisado. Todo sea, en nombre de la democracia.

Por supuesto, la caza de fantasmas no es el único detonador eficaz para empujar a un elector a marcar el logotipo deseado: también está la carrera de caballos. En este segundo escenario, nuestros electores encarnan la piel de hábiles apostadores que analizan religiosamente el resultado de las encuestas, esperan ansiosos que se abra una brecha entre los dos candidatos, y finalmente, juegan su voto a ganador. A diferencia del futbol, en la política, el puntero es capaz de cambiarle la camiseta a cualquiera y conseguir un voto más.

Consecuentemente, las principales encuestadoras del país siguen desfilando caricaturescos resultados que varían de manera escandalosa, entre unos y otros: Imasen: Humala 42% - Keiko 37,8%, Apoyo: Humala 42% - Keiko 36%, CPI: Humala 40, 6% - Keiko 36, 8%, Datum: Humala 41, 5% - Keiko 40, 3%, Indice: Humala 49.7% - Keiko 50.3%. ¿Será que los señores de índice y Datum se equivocaron de país, o es que acaso están optando por la estrategia del hipódromo? Finalmente, con Bayly vendido a Fujimori y al clan Romero, ya hay bastante terror para rato.

Aunque los movimientos en esta guerra ya están cantados, solo queda una pregunta por responder: ¿Qué postura tomaremos los peruanos en medio de esta orquesta del miedo? ¿Temblaremos presos del pánico y luego, apostaremos al inexacto y fabricado líder de las encuestas?, ¿o acaso, seremos lo suficientemente críticos como para patear el tablero, escarbar en los fracasos históricos de los gobiernos pasados, y elegir –vendándonos los ojos y tapándonos los oídos- al candidato que más se adapte a nuestros intereses y los de nuestros compatriotas? El 5 de junio sabremos la respuesta.