"Morir es un arte, como todo. /Yo lo hago excepcionalmente bien. /Tan bien, que parece un infierno. /Tan bien, que parece de veras. /Supongo que cabría hablar de vocación....", escribiría Sylvia Plath, algunos meses antes del 11 febrero de 1963, cuando encontraron su cadáver atrincherado en el horno de su cocina. Luego de dos intentos fallidos, logró consumar su vocación: la del suicidio. Tenía treinta años.
Sylvia Plath, conocida como una de las poetas norteamericanas más representativas del siglo XX, peleó con las afiladas esquinas de su maniaco-depresión desde niña. Sus diarios, escritos a partir de los once años, desnudan el diálogo entre ella y sus demonios internos. “Tienes miedo a quedarte sola con tu propia mente (…).No puedo ignorarla, sé que está aquí, la huelo y la siento”, anotaría después de su primera aproximación al purgatorio, a los 19 años.
Su poesía, íntima y desgarradora, actuó como un último manotazo de ahogado contra la muerte. Incluso con un carnaval de éxitos literarios colgados de su ventana, Plath decidió arrancar el problema de raíz y asfixiarse con gas, luego de dejar dos vasos de leche a lado de la cama donde dormían sus hijos, y escribir una nota destinada a Trevor Thomas, su vecino, con el número de su médico personal. La razón de la última carta, antes que apostar por una posible salvación, era la de prevenir, por si el aire tóxico llegara al cuarto de sus niños.
En los diarios de Plath, podemos descubrir una infancia marcada por la dura convivencia con sus padres. Otto Plath, su progenitor, era un alemán enraizado en las ideas del nazismo, al que Sylvia describiría como “un autócrata… yo le amaba y le despreciaba a la vez, y probablemente deseé muchas veces que estuviera muerto”. El odio hacia su padre se desviste mucho más en el poema ‘Daddy’, escrito para él, luego de varios años de su muerte. La poesía concluye de un modo visceral: “Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada”.
Por otro lado, la figura de su madre sería, para Plath, uno de los leit motiv dentro de su literatura. A lo largo de su vida, la poeta le escribiría una gigantesca colección de cartas que describían sus éxitos, temores y problemas diarios. Después de su separación con Ted Hughes –poeta bastante reconocido en aquellos años-, su madre le propondría que vuelva a vivir con ella. La respuesta de Sylvia fue negativa. Según muchos, el rechazo estaba vinculado a una supuesta influencia de su progenitora en el primer intento de suicidio de la literata. A los 19 años, Plath escribía ansiosa y enloquecida, por la necesidad de conseguir un reconocimiento en el universo de las letras. Su alarmante desgaste físico y mental, entremezclado con sus crisis nerviosas, llevaron a Sylvia a un peligroso laberinto: la joven poeta ingirió una fuerte cantidad de tranquilizantes en el sótano de su casa. Minutos antes, había dejado una nota en la que comunicaba que estaría dando un largo paseo en el parque. Luego de una ardua búsqueda, su madre y algunos vecinos, la encontraron inconsciente entre mares de vómito, en un rincón del depósito subterráneo. Posteriormente, fue internada en hospital McLean, donde siguió una terapia con electroshocks (técnica para tratar problemas psiquiátricos, popularizada en aquella época). Para los allegados de la poeta, fue su madre quien la presionó para que escribiera a ese ritmo demencial.
Aún así, psicólogos como Helen McCormack, han estudiado muy de cerca el suicidio de Sylvia Plath. Muchos se han inclinado a la posible influencia de los últimos acontecimientos de su vida: antes de mudarse a un departamento inglés con sus hijos, Silvya encontró in fragante a Hughes con Assia Wevill. Los celos enfermizos de Plath no soportaron la infidelidad de su esposo y abandonó la casa de campo que compartía con él. Asimismo, el invierno londinense del 62-63 fue uno de los más devastadores en los últimos cien años, sus niños padecían fuertes gripes y Path respiraba con dificultad a causa de su eterna sinusitis. Aunque este periodo actuó un relámpago creativo en su producción literaria, el peso de su inspiración era demasiado hondo. En sus versos, se puede percibir un ritmo rápido, nervioso y atormentado. “La mujer alcanzó la perfección./ Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de la realización,/ la apariencia de una necesidad griega/ fluye por los pergaminos de su toga,/ sus pies desnudos parecen decir,/ hasta aquí hemos llegado, se acabó”.
El suicidio es un fantasma constante en la historia de la literatura universal. En muchos de los casos, los trastornos bipolares o maniaco-depresivos han sido el detonante para este tipo de medidas apocalípticas. Según psiquiatras como el norteamericano Key Redfield Jamison (que, coincidentemente, padece esta enfermedad), un maniaco-depresivo llega a asociar cadenas de pensamientos de manera fugaz e intermitente, consiguiendo una increíble capacidad creativa. Este periodo comprende la fase ‘maniaca’, mientras que la ‘depresiva’ es la inmersión del individuo en una desoladora marea que lo desarticula por completo. Pese a esto, aún no se ha confirmado una estrecha relación entre los deseos suicidas y la producción artística.
Nueve años después de la muerte de Sylvia Plath, en un departamento de Buenos Aires, una de las escritoras ícono de la poesía femenina en Latinoamérica, ingirió cincuenta pastillas de Senocal sódico. Alejandra Pizarnik tenía treinta y seis años cuando escribió en un pizarrón “No quiero nada más que hasta el fondo”. La nota fue hallada a lado de su cadáver, en un cuarto repleto de muñecas rotas, hileras de libros, alfombras de papeles con poemas, y lápices de colores.
En los últimos meses de su vida, Alejandra se recluyó en su departamento y cortó su cordón con el universo. Muchos de los poemas que escribió en este lapso, son versos rápidos e incoherentes, que llegan a rozar con la locura. Había intentado asesinarse con un coctel de barbitúricos pero, fue encontrada inconsciente e, inmediatamente, hospitalizada. Luego, sería internada otras cinco veces en el Hospital Psiquiátrico Pirovano de Buenos Aires. En la última hospitalización, la poeta pide permiso para pasar el fin de semana en su piso. El pedido es aceptado y el veinticinco de setiembre de 1972, dos días después, la escritora es encontrada muerta en su cuarto.
Sus diarios fueron recortados arbitrariamente por su familia, en el intento de esconder la homosexualidad de Alejandra. Otros escritos, también fueron editados por la misma poeta. Empero, dejó varias notas en las que desviste su deseo escapista por la muerte. Un año antes de su suicidio, escribe: “abandono de todo mi plan literario… Las palabras son más terribles de lo que sospechada. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.
Desde hacía un tiempo, Pizarnik había perdido su fe incondicional por las letras. Aun con su disciplinado estudio del lenguaje y su maniática tendencia a escarbar entre las palabras exactas, Alejandra -cargada de frustración- concibe una irremediable decepción por la poesía: “dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”.
La depresión de la autora de “la extracción de la piedra de la locura”, aparece desde la adolescencia, cuando su odio a los espejos y su endemoniada ansiedad, le crean una adicción a las anfetaminas. Alejandra toma este tipo de fármacos para pelear con su sobrepeso y sostener sus noches de insomnio durante sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su simbiótica relación con los cigarrillos también se consolida en este periodo.
A lo largo de su vida, Alejandra peleará contra su baja autoestima en el plano de la literatura. Su increíble genio para la poesía y la prosa, la convierten en una de las nuevas exponentes de la escritura femenina del siglo XX. Su ego y su amor propio conviven en una guerra irremediable.
Amiga de Cortázar y Octavio Paz, Pizarnik viaja dos veces a Paris. En la primera, escribe “Los Trabajos y las Noches” y “La extracción de la piedra de la locura”, aunque los publica en su retorno a Buenos Aires. También, trabaja editando distintas publicaciones y aportando, a modo de freelance, en Sur de Argentina. Su estadía en Francia, guarda un estrecho (y repetitivo) parecido con la de Vallejo o Márquez: enraizada en su literatura, con los bolsillos y el estómago vacío, entre las cuatro paredes de un cuarto de mala muerte. Aún así, Alejandra describirá sus días parisinos como una de las mejores épocas de su carrera. “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, –y– lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.
Su segunda visita a Francia es un fracaso. Alejandra nota un cambio en la cultura parisina y un quiebre en “su antiguo encanto literario”. Se encuentra con un Cortázar mucho más político que escritor y, consecuentemente, programa su regreso a Argentina. Allí, conseguirá un corto periodo de estabilidad, hasta volver a caer en sus mortales sueños fuga. En su último poemario, “el infierno musical”, sus demonios suicidas se escurren con demasiada claridad. “El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio (…)”.
La soledad es otro de los fantasmas que persiguen a Alejandra durante sus mutilados treinta y seis años. Su poca estima y ritmo desmesurado en la poesía, convirtieron a Pizarnik en una mujer independiente y ajena a relaciones duraderas. Aunque su espíritu solitario pudo ser el motor de su genialidad literaria, también podría ser el hueco de su propia tumba. “Yo no sé de pájaros,/ no conozco la historia del fuego./Pero creo que mi soledad debería tener alas.”
La particularidad del suicidio no se sostiene en sus formas sino, en sus motivos. Aunque la depresión es el impulso más común en este tipo de decisiones, también existen otros móviles salpicados por una escalofriante extravagancia. Andrés Caicedo, escritor Colombiano de los años sesenta, se atiborró con 60 pastillas de Senocal, luego de recibir el primer original de su última novela, “¡Qué viva la música!”. Su réquiem estaba escrito por él mismo, años antes, cuando declaró que “vivir más de veinticinco años era una insensatez”, exclusivamente si ya se ha dejado un sello personal en la historia. El cuatro de marzo de 1977 encontraron su cuerpo inerte a lado de su máquina de escribir. Tenía veinticinco años y una trascendencia asegurada.
Caicedo fue una promesa desde pequeño. A los trece años ya escribía prosa y poesía, y a los quince, consiguió un premio internacional a raíz de un cuento que mandó a la revista ‘Imagen’ de Caracas. Su obsesión por la escritura, se convirtió en una disciplina casi esclavista que lo obligaba a pasar cinco horas diarias frente a un ejército de páginas en blanco. Conocido –gracias al periodista chileno Alberto Fuguet- como ‘el asesino de Macondo’, Andrés Caicedo clavó un quiebre en la literatura colombiana y el, bastante manoseado, realismo mágico. “Mientras García Márquez, el mismo año, se maravillaba con las mariposas amarillas, Caicedo se obsesionaba con Travis Bickle y Taxi Driver”, escribe Fuguet, acerca del autor.
Además de las letras, Caicedo fue un cinéfilo en potencia. Incluso dentro de su narrativa, la perspectiva cinematográfica aparece claramente entre líneas. En 1973, Andrés viaja a Estados Unidos con cuatro guiones suyos bajo el brazo. Su finalidad era entregárselos al cineasta Roger Corman y rodar las películas, sin embargo los guiones nunca se cruzaron con los ojos del director. “Es un medio muy difícil y enmarañado, y la parte que está metida en Hollywood no se anima a colaborar por miedo a la competencia”, anota Caicedo en una carta a su madre.
El teatro también formó parte del estandarte de pasiones de Andrés Caicedo. A los veinte años, el autor ya había escrito varias obras teatrales, además, participó como actor y asistente de dirección, en repetidas ocasiones.
La vocación de todista de Caicedo, provocó una serie de trabas en su carrera literaria. “La pluralidad de quehaceres ha sido uno de los motivos para que yo no desarrollara ninguno a cabalidad”, confiesa Andrés en su libro autobiográfico, ‘mi cuerpo es una celda’.
Pese a eso, el estilo fresco, directo y dinámico de la literatura de Caicedo, consiguió voltear la mirada de varios críticos y lectores latinoamericanos. De este modo, y con su obra maestra entre manos, Caicedo decidió no cometer ‘la insensatez’ de vivir más de veinticinco años.
La palabra suicidio viene del latín ‘sui caedere’, es decir, ‘matar a uno mismo’. Mientras que para muchas religiones, es uno de los pecados más graves e imperdonables, también existen culturas que lo consideran como un escape honorable frente a situaciones humillantes o dolorosas. Ese podría ser el caso del escritor polaco Jerzy Kossinski.
Tres de mayo de 1991. Jerzy Kossinski, el autor de ‘el pájaro pintado’ y ‘desde el jardín’, se prepara un vaso de ron con coca-cola, mientras espera que el agua de su bañera llegue al nivel deseado. Konssinski acompaña un par de tragos de su bebida, con varias pastillas de barbitúricos. Acto seguido, entra a su jacuzzi y se anuda una bolsa plástica en la cabeza. A su lado, ha dejado una nota: ‘Voy a dormir ahora un rato más largo de lo usual. Llamemos a ese rato Eternidad”.
Las especulaciones acerca de su suicidio aparecen casi de inmediato. Algunos sostienen el detonante de su decisión fueron las acusaciones de plagio de las que fue víctima, otros creen que se trata de la desolación frente a su reciente diagnóstico de graves problemas cardíacos, y un último grupo explica lo sucedido en base a su incapacidad de no poder escribir más. La muerte de Konssinski se convierte en una comidilla mediática.
Luego de ser exiliado de Polonia, Jerzy se instaló por completo en Estados Unidos. Las críticas contra su novela ‘El pájaro pintado’ retumbaban en medios impresos de Europa y Norteamérica. Los polacos –incluso aquello que nunca leyeron su libro- estaban enfurecidos por la imagen de Polonia descrita en el libro de Kossinski. El escritor, en su defensa, alegaba que su obra no seguía un carácter autobiográfico y que las imágenes perseguían un fin metafórico antes que, literario. Incluso, George Reavy, poeta y traductor neoyorquino, se declaró como el verdadero autor de ‘El pájaro pintado’. Por suerte para Kossinski, dicha ‘confesión’ no consiguió credibilidad en la prensa norteamericana aunque, las denuncias de plagio aparecieron como una cadena infinita hasta sus últimos años de vida.
Las razones del suicidio de Kossinski, son iguales de inexactas que las sostenidas alrededor de las muertes de Plath, Pizarnik, o incluso, Caicedo. Si la creatividad humana es capaz de acercar a un individuo, a un paso más del auto-aniquilamiento, es una asignatura pendiente para los psiquiatras e investigadores especializados. Empero, no puede negarse que el recorrido de la literatura universal está salpicado de muertes auto-conducidas o accidentes bastante sospechosos. ¿Es probable que la poesía, antes que canalizar las emociones del autor, las agrave mucho más?.
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