.Cada museo es un santuario de la historia, la genialidad y los fracasos del hombre. Desde sus salas, las piezas de exhibición configuran voces y retazos de contextos que juegan el rol de una guía para sus visitantes. En ellas, costumbres o testimonios de una civilización pre histórica, relámpagos de trazos, colores y formatos de genios del arte, o los jugueteos de un niño del siglo pasado, parecen cobrar vida para armar un discurso exquisito sobre sus tiempos y sus espacios.
Este el universo de los museos, un mundo en el que la historia se estrella contra sí misma, y nos revela una mirada interna y crítica de sus contextos. Una fortaleza donde tanto esculturas, textiles y momias moches, como lienzos y esculturas de los mejores artistas del siglo pasado, nos hablan a través de la cerámica, la piedra o el óleo. Un reino fabricado para redescubrir nuestro pasado e incluso, volver hasta nuestra infancia con solo una mirada. A continuación, un viaje por los museos más representativos de nuestra provincia.
MUSEO DEL JUGUETE.
- ¿Y esas muñecas negras?
- Son alemanas. Se fabricaron en los cuarentas. – Me responde Rocío, la encargada del Museo de Juguete de Trujillo.
- ¿Alemanas? Pero… tienen la tez oscura.
- Sí, eran exportadas a Latinoamérica para financiar parte de la guerra.
Los juguetes son un testimonio de la historia. Desde las muñecas de trapo precolombinas, hasta la actualidad, cada juego configura la voz de una época. No importa si se trata de un video juego de los noventas o de un barquito de hojalata, cada juguete fabricado se convierte simultáneamente en un historiador o un testigo de su propio contexto.
- ¿Notas la diferencia entre estos soldaditos y los otros? – Me pregunta Rocío, señalando unos soldaditos de plomo vestidos con uniformes mostazas litografiados y armados con un fusil. Su estatura supera la del resto del ejército.
- Son más grandes… De hecho, sus rasgos son más toscos… - Le respondo.
- Son huecos. Así se les llama “soldaditos huecos” - Cuenta Rocío, mientras observa casi decepcionada a los soldados mostazas. – No tienen plomo en su interior. Son solo cáscara. Los produjeron así para ahorrar plomo y poder fabricar más armas.
Parece que la mirada de Rocío comparara en silencio a los desafortunados soldaditos huecos con el resto de sus compañeros: soldados de puro plomo de ejércitos ingleses, franceses, españoles e incluso, peruanos.
- Es una pena… - Comento.
- Sí, de hecho, ¿sabías que la mayoría de juguetes de plomo o metal de esa época fueron fundidos para fabricar más armamento? – Me pregunta, soltando una sonrisa ácida.
Puede que cuando a Gerardo Chávez se le cruzó por la cabeza la idea de construir un museo del juguete, su finalidad nunca haya sido la de un coleccionista promedio, sino la de un arqueólogo de la diversión infantil. El diseño del museo podría ser la prueba: paredes tapizadas de rosa suave y elegante, y estantes repletos de muñecas, componen el reflejo de la habitación de una niña de cinco años de mediados del siglo pasado. Paralelamente, en la siguiente sala, un cuarto azul con aviones y marionetas que caen desde el techo, configuran el universo de un niño de siete años de los cincuentas. Cada detalle convierte al visitante en un observador omnisciente de todo un siglo.
Coincidentemente, la selección de los juguetes en exposición fue pensada en torno a su facilidad para representar una época y a su relación con las demás instalaciones. Es así como, en la primera sala, muñecas de trapo, silbatos de barro, pequeñas coronas de cobre y animales de cerámica, nos transportan hacia la infancia de los waris, los moches y los Chancays. Es el lugar de los juguetes precolombinos y la nostalgia comienza a envolver al visitante con cada una de las piezas. Desde ellas, cualquiera podría imaginar las risas, los movimientos y las peleas provocadas hace más de mil doscientos años por un niño pre inca.
El transe es inevitable y se acentúa aún más, cuando uno ingresa al siguiente recinto, el del cuarto de los niños. Allí, monos percusionistas a cuerda, caballos sobre plataformas rodantes, buses de hojalata litografiada, ejércitos ingleses batallando contra los franceses, patinetas con ruedas de madera, o una instalación de trenes que trasportan carbón por el desierto norteamericano, nos convierten en un viajero que salta de un contexto a otro, con solo una mirada. En el museo del juguete la historia no se aprende en gruesos volúmenes de Basadre, Voltaire o Bartolomé de las casas, sino a través de la madera, la hojalata, el plomo, la porcelana y el metal.
- ¿Viste estos soldaditos? – Me pregunta Rocío, divertida.
- Sí, ¿qué hay con ellos?
- Fueron fabricados en Trujillo y se contrató a niños para que los pintaran. – Responde, al mismo tiempo que su índice roza la vitrina, señalando a cerca de seis soldados con la mirada congelada hacia al frente.
En el museo, la mayoría de las piezas de exhibición llegan desde donaciones o préstamos de fundaciones y coleccionistas. Otra cantidad de juguetes ha sido adquirida por Gerardo Chávez en sus viajes por Europa y Asia. De este modo, en el cuarto de las niñas, muñecas con trajes típicos de la cultura japonesa, bebes de porcelana francesa o una Mafalda de trapo, comparten la misma naturaleza con un distinto discurso histórico. Ninguna de ellas se contrapone, sino que convive con el resto entre su propio pasado y sus parecidos. Entre tanto, una veintena de ojos vidriosos e imperturbables, bocas ligeramente abiertas y congeladas, cabellos cayendo estáticos por las mejillas y manos esperando abiertas a su próxima dueña, componen un paisaje escalofriante y aterrador.
- ¿A nadie le da miedo la parte de las muñecas?
- A todos. De hecho, hay gente que prefiere no quedarse mucho tiempo viéndolas. - Me responde Rocío, con un aire despreocupado e incluso, burlón. Su oficina está casi a lado del rincón de las muñecas. Desde allí, es acompañada por esos rostros de porcelana brillante que vigilan el museo, desde sus estantes o sostenidos por hilos que caen desde las vigas del techo. Rocío no les tiene miedo, quizá haya entendido que las muñecas y el resto de sus compañeros son los dueños de la casona y ella, una inquilina de paso.
MUSEO DE LAS HUACAS DEL SOL Y LA LUNA.
- Maestro, ¿cómo llego al museo de las huacas?
El vendedor de periódicos nos clava una mirada escéptica y voltea hacia su cliente. Ambos intercambian un par de murmullos inteligibles, hasta que el vendedor asiente con un ligero movimiento de cabeza y se vuelve hacia nosotras. Levanta el brazo y apunta con su dedo índice a la carretera. Asentimos y seguimos la ruta indicada. Dos cuadras más adelante, un trabajador de una gasolinera esboza una tímida sonrisa y nos ofrece una referencia más exacta.
- Cruzas la pista y tomas cualquiera de las combis. Todas te dejan en la campiña.
El recorrido en combi dura menos de cinco minutos y te desembarca justo frente a la campiña. Desde ahí, el camino puede extenderse entre cuarenta y cinco minutos o una hora a pie, mientras que en mototaxi o en colectivo, el tiempo se reduce a diez minutos. Sea cual fuere el medio, el visitante es testigo de una magnífica vista de los cañaverales, las casitas de quincha y los minúsculos establos caseros con vacas, burros y caballos. Al fondo, un ejército de montañas registra receloso el paso de los forasteros. Entre tanto, el único ruido perceptible es el ronquido del motor de la moto taxi o los autos, y el golpe del viento contra las mejillas. La ciudad ha quedado relegada tras la carretera. Ahora, son la nostalgia de la campiña, y el mestizaje entre la cultura moche y la retrasada herencia occidental, quienes dominan el territorio.
El camino termina cuando se abre en dos: a la izquierda, una ruta de trocha avanza hasta la huaca de la luna, a unos quinientos metros de distancia. A la derecha, el cercado metálico que rodea el museo desnuda su interior: un campo de cactus bordea las salas de exposición, el centro de investigaciones y las tiendas de souvenirs. Adentro, la exposición está dividida en tres ambientes: la sala de la naturaleza, la de las tumbas y el poder, y por último, la sala de metalurgia.
A diferencia de otros museos de arqueología, la iluminación ha sido diseñada en función del objeto y de la arquitectura del espacio. De este modo, desde las vitrinas de exhibición caen varios rayos de luz que se proyectan sobre la cerámica moche, al mismo tiempo que desde arriba otros relámpagos de luz cálida iluminan el recorrido y los ambientes del museo. Cada una de las piezas es original y ha sido cuidadosamente refaccionada para su exposición.
– Eso sí, nada de fotografías y los celulares apagados, sino interfieren con el registro de las cámaras – Nos advierte, Elmer Sánchez, el encargado de seguridad del museo.
En la sala de la naturaleza, algunas serigrafías que replican las imágenes más recurrentes de los moches, se mimetizan con las botellas y cuencos mochicas en forma de felinos, crustáceos, peces y anfibios. “La serpiente es mitificada por representar la comunicación entre los dos mundos”,se lee en uno de los recuadros que acompañan las vitrinas de exposición. Todas las piezas son secundadas por una explicación de su significado, la tumba donde fueron encontradas y la plaza ceremonial a la que pertenecieron. Ni las serigrafías en las paredes ni el diseño del museo se contraponen o compiten con los huacos mochicas, por el contrario, cada unos de los elementos mantiene su protagonismo, al mismo tiempo que convive con el resto del museo.
La política de la cultura moche era básicamente teocrática, justo por eso, cada una de las piezas no solo representa la vida y el contexto de los mochicas, sino su cosmovisión. Los cuencos y botellas con dibujos de olas y escalones, significan la ascensión a otros mundos que trascienden al de los vivos. Mientras que la escultura de animales o de seres antropomorfos con colmillos de felinos y cabellos de serpientes cazando venados o pescando, son la expresión de la conexión entre los universos paralelos, los apus y el valle. Para los moches, tanto sus dioses como ellos mismos cazaban e incluso, podían convivir en un igual contexto.
Luego de cruzar la sala de la naturaleza, un pequeño pasadizo rodeado de serigrafías adheridas a láminas de vidrio nos conduce hasta el segundo recinto: el de las tumbas y el poder. Es aquí donde varias vitrinas representan las fosas sepulcrales en las que fueron enterrados los señores y sacerdotes moches. Dentro de ellas, botellas con dibujos de serpientes, primates y felinos son la única guía existente para entender el rango y la ocupación del fallecido. Mientras más esculturas de escalones o dibujos de olas aparezcan en la cerámica, mayor fue el poder del antiguo mochica. Por otro lado, las cerámicas de monos cadavéricos y colmilludos se repiten en varias de las tumbas como un testimonio de la escuálida línea fronteriza entre la vida y la muerte.
La exposición termina cruzando el mismo pasadizo de las serigrafías e ingresando al muro paralelo a la muestra de la naturaleza. Allí, otras láminas de vidrio separan al espectador de las estatuas intactas o semi - reconstruidas de guerreros vencidos en combates ceremoniales. La devoción y sumisión a los dioses mochicas se medía en proporción al número de cadáveres desangrándose sobre la plataforma de las batallas rituales. Es así como, cuando el vencedor caía muerto, era decapitado y sus restos, ofrecidos a la satisfacción de sus deidades y al apetito de los gallinazos. En otras vitrinas, una escalofriante exhibición de cráneos, fémures, vertebras y falanges destrozados componen otra prueba de los sacrificios moches.
En el último ambiente, la alfarería queda relegada por el arte metalúrgico de los moches. Allí, un pectoral cubierto de láminas de oro y cocido a una cabeza de felino tallada en piedra, se convierte en el testimonio irrefutable del genio mochica. Los acabados de la escultura sobre metales y la perfección del fundido en las orejeras, medallones y brazaletes de cobre, plata y oro, también configuran otras pistas sobre el talento artesanal de los moches.
Finalmente, el recorrido se cierra con la exposición de pututos, flautas, trompetas y sonajas que contextualizan el gusto moche por la música y las ceremonias populares; y por otro lado, con el montaje y la adaptación de una cocina mochica.
MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO.
A tres kilómetros y medio del centro de la ciudad, una fortaleza de muros color ladrillo y un gigantesco portón de madera, resguardan una de las colecciones de arte más variadas del país. Adentro, un amplio jardín y dos esculturas de piedra y metal quemado, rodean las salas de exposiciones. La primera escultura, es la mujer de los antes al viento, de la boliviana Marina Nuñez del Prado. Su dinamismo, manejo de la materia y abstracción de la misma, han convertido al mármol en una pieza enigmática que envuelven al visitante en una latente sospecha e incertidumbre. La mujer de los andes nunca llega a ser descubierta, sino que se mimetiza en el viento y en el movimiento de la materia. Su propia existencia ha sido velada y abstraída por la sinuosidad de la piedra. Tras ella, a unos metros, un hombre de metal quemado se pelea en el aire con un perro salvaje. El vuelo del animal sostenido solo por una de las extremidades de ese hombre que lo mira sereno y omnipotente, componen un equilibrio insospechado. Víctima y victimario comparten un universo ajeno a cualquier mirada o ley de gravedad.
Por un momento, el mundo interno de la escultura parece estrellarse con la realidad y apoderarse de ella. A unos metros, una perra calata comienza a acercarse enseñándonos los dientes y gruñendo, amenazada. Su mandíbula vibra de rabia, al mismo tiempo que sus patas avanzan lentamente hacia el jardín. Intento acercarme a ella, pero un ladrido retumba contra los árboles y los ventanales del museo. Ella es la guardiana de la fortaleza y como tal, cualquier paso en falso sobre su territorio, puede pagarse muy caro.
En ese momento, un hombre de estatura baja, contextura delgada y rostro tostado, suelta un silbido agudo. Simultáneamente, la perra calata corre hacia él y se pierde en el jardín trasero. El vigilante del museo, por su parte, nos señala la entrada a la primera sala de exposición. Es un pasadizo, con una esbelta venus decapitada, al fondo. La escultura es del Suizo Alberto Giacometti y a su lado, una témpera de Paúl klee grita desde la pared. El primer cuarto es un homenaje a la obra de Ángel Chávez, uno de los artistas más representativos del siglo XX en el Perú.
De pronto, toda la sala se plaga de rostros anchos y melancólicos, relámpagos rojos y arenas, y un sentimiento de reivindicación indígena. Pinceladas gruesas y trazos enérgicos construyen un mundo repleto de rostros anchos curtidos por el sol, hombres y mujeres robustas con la mirada encendida, rocas que se desfiguran en caras humanas, y un Pizarro a caballo que atropella prepotente, a una decena de indios. “El rojo es mi constante”, se lee en un recuadro que cita a Ángel Chávez. El manejo del color, las formas, la complicidad entre luz y sombra, y la pasión por la cultura de ese Perú latente y azotado, configuran el universo interno del artista.
Al salir de la sala de Ángel Chávez, uno se encuentra con un amplio salón de paredes blancas que proyectan la iluminación natural hacia cada una de las pinturas y esculturas. Desde uno de los muros, una orquesta de rostros burlones, enloquecidos y con rasgos cubistas del peruano José Tola, observan divertidos el recinto. Cerca a ellos, dos hombres – máquina nos envuelven en un erotismo bizarro, crítico y surrealista característico de la primera época de su creador, Carlos Revilla. En medio de la sala, un ojo vigilante con líneas incas en su base de cobre, registra el paso de los visitantes. Entre tanto, desde cada uno de los muros, surrealismos como el de Venancio Shinki confabulan con la mítica mexicana de Francisco Toledo o esqueletos que viajan entre dos mundos como en la pintura de Rufino Tamayo y otros mexicanos. Una columna vertebral femenina de madera esculpida por la peruana Johanna Hamman, se contrapone a la dinámica, la fuerza y el choque de máquinas y estructuras del chileno Roberto Matta o la ciudad de rompecabezas del ecuatoriano Oswaldo Guayasamin. Paralelamente, un paisaje costero del maestro Macedonio de la Torre se impone frente a los escenarios difuminados y personajes solitarios y contemplativos de Elda Di Malio.
Las multitud de estilos, el genio de los artistas y el mestizaje de las corrientes, convierten al museo en un universo alterno donde luz y sombra, color y vacío, fuerza y sensualidad, salpican las paredes y construyen nuevos contextos y puntos de quiebre. Entre tanto, en la última sala, formatos excéntricos de dos metros y medio de altura por doce metros de ancho, o cuatro metros por siete, componen nuevos mundos plagados de personajes antropomorfos que pelean entre ellos, por su propio protagonismo. Es el salón de Gerardo Chávez y allí, todo puede suceder. Desde una multitud de beatos que le rinden procesión a una papa, hasta la existencia de una especie de murciélago con extremidades humanas, rodeado de personajes que revolotean despreocupados en el desequilibrio, la fugacidad, la energía y la maestría de los trazos. Los mundos de Chávez conviven entre sí, amenazando con romper la barrera del lienzo y escapar a la realidad. Afuera, un centauro de piedra cuida receloso la sala de su creador. Él es el ícono del museo y posiblemente, uno de los hijos preferidos de Gerardo Chávez.
Para salir de la sala, uno debe cruzar una gigantesca puerta de vidrio que comunica el salón de Chávez con su centauro y el jardín del museo. En el exterior, los seres surrealistas, expresionistas, abstractos, cubistas o costumbristas, vuelven a sus lienzos amenazados por la naturaleza y el mundo mismo. Ellos dominan el interior, mientras que kía, la perra calata, se combate con el centauro el reino del jardín.
MUSEO DEL BRUJO.
En el siglo IV D.C, una mujer de aproximadamente veinticinco años gobernó parte del norte del Perú. Sus brazos y piernas fueron tatuados con olas, arañas y serpientes estilizadas, como testimonio de sus dotes de sacerdotisa y curandera. Mientras que el lujo de sus vestidos, sus aretes, brazaletes, collares, diademas y coronas, la acompañaron hasta la muerte como prueba irrefutable de su poder. Ahora, más de 1600 años después, un espejo refleja sus restos momificados en la sala principal de un museo construido a unos metros de su tumba original. Ella es La Señora de Cao, posiblemente la única mujer gobernante de la cultura moche.
- Ella no solo fue la cabeza de todo un imperio, sino que era considerada como un personaje casi divino. – Cuenta, Jorge Seclén, el guía del recorrido del Museo de la Señora de Cao.
Incluso dieciséis siglos después de su entierro, la dama de Cao sigue provocando respeto. Cada mañana un grupo de arqueólogos la visita para inspeccionar su estado y reemplazar algunas de las cuarenta gazas que absorben cualquier rastro de humedad que ose acercarse a sus restos. Ellos son los únicos que pueden mirarla directamente. Los visitantes y los guías deben conformarse con ver solo su reflejo. Ni siquiera los rayos de luz son dignos de alumbrarla: una placa de madera los esquiva y solo consiguen proyectarse en el espejo que la muestra al mundo. Mientras tanto, alrededor de la sala, cada uno de los objetos preciosos que fueron hallados en su tumba, sigue resguardándola y atestiguando sobre su poder y sus dones divinos.
El resto de las salas del museo son separadas del cuarto donde exhiben a la Señora de Cao por una pared y dos entradas cerradas por cortinas oscuras. Adentro, está la mujer más poderosa de todo un imperio. Afuera, los restos de sus súbditos y de esa cultura que la inmortalizó en la historia. En el recinto continuo, se expone el vestido que cubrió a uno de los cuatro mochicas que fueron enterrados a su lado, así como las cerámicas y los metales que se encontraron en su tumba. Una vitrina cercana exhibe quenas hechas con huesos de llama y aves guaneras, y a unos metros, otras placas de vidrio resguardan una colección de huacos retratos con rostros antropomorfos y felinos. Aún así, la Señora de Cao sigue apoderándose del lugar. En una de las paredes, un grupo de turistas franceses se aglomera para ver el video que reproduce su descubrimiento y la primera investigación sobre ella.
En la sala siguiente, otro video reproduce una animación sobre las batallas rituales de los moches. En las vitrinas, fémures destrozados, cuchillos ceremoniales, cerámicas con imágenes de los guerreros vencidos, restos de sogas y textiles que exponen escenas de los combates, configuran una narración sobre la fijación de los moches hacia la sangre. En cada una de estas representaciones, se explica cómo es que el guerrero vencido era decapitado y su sangre, vertida en un vaso ceremonial que posteriormente, era bebido por el sacerdote en la montaña.
- Para que la sangre no se coagulara camino a la montaña, la mezclaban con ulluchu, una fruta parecida a la papaya que tiene una propiedad anticoagulante. – Comenta, Seclén.
Fue justo este conocimiento de los moches sobre las propiedades de cada una de las semillas o sustancias que los rodeaban, lo que permitió que los restos de la señora de Cao se mantuvieran intactos: antes de ser enterrada, la gobernante fue bañada en agua de mar y luego, en cinabrio (sulfuro de mercurio). De este modo, su piel se secó rápidamente y sus tatuajes permanecieron intactos por siglos.
Un pasadizo conecta la sala de las batallas rituales con el primer salón, el paseo de las aguas. Allí, una serie de huacos, textiles, metales y pergaminos, explican las culturas y/o civilizaciones que surgieron o llegaron a Magdalena de Cao. Desde salinares y gallinazos, hasta lamballeques, chimús e incluso, dominicos. Cinco mil años de historia son resumidos en restos de cerámicas, piedras, vibras vegetales, algodón y manuscritos. Entre tanto, en la primera pared del museo, felinos, serpientes, dioses y sacerdotes cobran vida en una animación que representa el mural principal de la huaca de Cao Viejo. Paralelamente, tres salas más adentro, la Señora de Cao sigue burlando a la muerte con su solo reflejo. Su reino no ha terminado, sino que se perpetúa en las pupilas impactadas de los turistas.